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O.M-R. [Artículo publicado en la sección de Opinión de Clarín el 27 de abril de 2020.] Nos hallamos en varios países europeos en nuestro segundo mes de confinamiento forzoso. El deterioro en el ánimo de muchas personas es palpable. Al tiempo que la famosa curva de la epidemia da muestras de ralentizarse en los países más afectados, se conocen las previsiones de algunas instituciones científicas que vaticinan la prolongación de la pandemia de la Covid-19, incluso hasta el 2022. Toma cuerpo el mensaje de que no va a haber un regreso a la ‘vida de antes’ pronto y que es posible que la experiencia del confinamiento se repita. Mientras tanto, las familias siguen haciendo malabares para compatibilizar teletrabajo, escuela a distancia y trabajo doméstico. Aquellas que viven en departamentos pequeños, sufren especialmente. Para muchas personas solas el confinamiento es doloroso. Estas diferencias al interior de los países desarrollados se magnifican cuando comparamos nuestra situación con la de los países en desarrollo en los que, sencillamente, resulta imposible para muchas familias reunir el mínimo sustento necesario para vivir mientras permanecen confinadas.

Una medida de la evolución en el estado de ánimo colectivo en esta crisis es el humor. Al inicio del confinamiento, circulaban bastantes bromas en las redes sociales sobre la vida en cuarentena: ingeniosos vídeos sobre cómo conservar la rutina habitual dentro del hogar o memes sobre las medidas de higiene frente al nuevo coronavirus. Algunos vivían esta experiencia como una novedad, incluso una oportunidad para descansar del estrés laboral, dedicarse a ver series y películas sin parar y devorar todos aquellos libros que, habitualmente, no tenemos tiempo de leer. El primer jarro de agua fría llegaba cuando descubríamos que había que hacer cola fuera del supermercado, con un metro de distancia entre cada cliente, y que algunas estanterías estaban vacías. El segundo jarro, más frío, llegaba con las primeras noticias de conocidos que habían enfermado de la Covid-19, sobre todo, si se encontraban hospitalizados. Siguieron las noticias de fallecimientos.

A medida que las cifras de muertos por coronavirus aumentaban y se producían escenas dantescas en algunas ciudades europeas, como las morgues improvisadas sobre pistas de hielo, el humor iba desapareciendo. Desde entonces, cuando regresa, tiende a ser negro: como la foto, trucada o no, de un balcón en Italia que se ha caído sobre el balcón de abajo, con todo y pancarta con arcoíris y la frase Tutto andrà bene. Junto al respeto por la enfermedad y la resignación ante el confinamiento, empezó a asomar la desesperación y surgieron las preguntas. ¿Es esta la única manera de luchar contra la pandemia? ¿Cuáles serán las consecuencias de la reclusión, ya no sobre la economía, sino sobre los vínculos sociales y la salud de las personas? El humor fue cediendo terreno al pensamiento crítico. El filósofo Byung-Chul Han alertaba de cómo Europa “ha perdido todo su carisma” y los países miran a China y su disciplinada sociedad, “con asombro y envida”, como el modelo a seguir. Yuval Harari esbozaba el mismo dilema global: “vigilancia totalitaria o empoderamiento ciudadano”. La historiadora Geraldine Schwarz se sorprendía de la facilidad con la que los ciudadanos europeos han aceptado la merma de sus libertades que supone el confinamiento forzoso, avisando de cómo el miedo ha llevado en otros momentos de la historia a trocar libertad por seguridad. Piensa en su país, Alemania, en los años 1930.

Con los primeros anuncios de un paulatino desconfinamiento, en algunos ciudadanos europeos renace un germen de esperanza; en otros el temor al contagio. En Francia, por ejemplo, se calcula que apenas un 6 por ciento de la población ha contraído la enfermedad.

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‘SUN-SET’, 2018, escultura de Karin Ögren para Herrgårdsparken, Örnsköldsvik, Suecia. (Foto de la autora.)

 

Algunos miramos a Suecia, el único país europeo que hasta ahora no ha impuesto el confinamiento a su población y en donde han permanecido abiertas las escuelas, con la esperanza de que no le vaya demasiado mal. La mortandad per cápita es ahora mismo mayor que en sus vecinos escandinavos que adoptaron medidas más restrictivas, pero inferior a otros países europeos donde se ha decretado el confinamiento total de la población. Las autoridades sanitarias suecas se mantienen en su estrategia, a pesar del escepticismo internacional y las críticas internas. Consideran que, si la convivencia con el virus va a ser larga en el tiempo, es probable que un primer confinamiento lleve a sucesivos confinamientos –con todas sus consecuencias psicológicas, sociales y económicas– puesto que la población no desarrollará suficiente inmunidad. Ciertamente, las características del país escandinavo, con una densidad poblacional baja y, en general, un sentido de la responsabilidad cívica alta, facilitan el cumplimiento voluntario de las medidas de higiene y distanciación física recomendadas por la OMS.

Desconocemos cuál será el balance final de esta crisis sanitaria global, pero es importante que existan estrategias alternativas al confinamiento forzoso que también se basan en criterios científicos, toman en cuenta nuestro modo de vida democrático y la necesidad de proteger a los más vulnerables de las profundas desigualdades materiales que, como hemos podido constatar sin excepción, se acentúan con el confinamiento.

Olivia Muñoz-Rojas

2 pensamientos en “Mirar a Suecia

  1. Una “nueva normalidad” en todos los aspectos de la vida está por crearse, nadie tiene fórmulas comprobadas para hacerlo; pero tendrá que fundamentarse en la protección de la salud humana, de la naturaleza y la sociedad. Solo así dejará de ser lo destructiva en que se ha convertido la “vieja normalidad” al desfavorecer a esos valores esenciales.

    Se requiere una nueva mentalidad.

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