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*O.M-R. – Son numerosas las voces que en las últimas semanas proclaman que la justicia racial es también justicia climática. No se trata de oportunismo activista, los hechos demuestran que ambas cuestiones, el racismo y el cambio climático, están íntimamente ligadas desde hace tiempo. Es más, en un sentido simbólico y existencial, algunos autores invitan a reflexionar sobre por qué ha prendido precisamente ahora, en plena pandemia de Covid-19, la mecha del antirracismo en todo el mundo. Quizá, en nuestro inconsciente, la experiencia de ahogo de George Floyd, esa rodilla sobre su cuello, remite a la angustia que sentimos ante la posibilidad real de fallecer de un virus respiratorio para el que no hay tratamiento definitivo ni vacuna.

“Tener una policía racista y violenta en tu barrio se parece bastante a tener una planta eléctrica de carbón en tu barrio. ¿Y si tienes ambas cosas?”, se pregunta el periodista estadounidense Bill McKibben, señalando que los afroamericanos tienen tres veces más de posibilidades de fallecer de asma que el resto de la población por la mayor exposición a riesgos medioambientales y el estrés crónico al que están sometidos en sus zonas de residencia. “Tengo las mismas posibilidades de morir a manos de un policía que de la Covid”, decía uno de los organizadores de las protestas en Estados Unidos en unas declaraciones recogidas por Sheryl Gay Stoller en The New York Times. Para la periodista, el malestar civil que aflora actualmente en ese y otros países está profundamente conectado con la brecha racial que ha expuesto la crisis del coronavirus. De acuerdo a las estadísticas del American Public Media, la población afroamericana tiene 2,3 veces más posibilidades de fallecer de coronavirus que la población blanca y asiática. En el Reino Unido, la Office of National Statistics llega a cifras similares respecto de la población de color. La observación se repite en otros países, como Francia o Brasil, hasta el punto de que la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michelle Bachelet, ha alertado a los gobiernos de que, si no reconocen estas desigualdades, no podrán luchar adecuadamente contra la pandemia.

“¿Acaso la brutalidad discriminatoria de la policía y el impacto racial de la pandemia nos alertan conjuntamente sobre la asfixia de nuestro mundo?”, inquiere la profesora Catherine Keller. Quizá estemos a las puertas de una suerte de “eco-asfixia”, dice Keller. A la vista de la desaparición continuada de fitoplancton, principal generador de oxígeno del planeta, por la acidificación de los océanos, “no puedo respirar, podría ser el grito de toda la especie humana a finales de este siglo”, concluye. Durante los meses de confinamiento global, muchos se congratulaban de la visible reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente CO2. El planeta, por fin, puede respirar, se decía. Sin embargo, la noticia de que la concentración de CO2 en la atmósfera alcanzó el récord histórico de 418 partes por millón el pasado mes de mayo coloca esta breve y parcial interrupción de emisiones en perspectiva. Hemos constatado que, quedarnos en casa, no es un sacrificio eficaz para frenar el cambio climático. Sin ir más lejos, algunos estudios estiman que un 33 por ciento de las emisiones están ligadas al uso energético de los edificios en donde trabajamos y residimos. No es sólo que estén mal aislados y se escape el calor cuando hace frío y se recalienten cuando hace calor, sino que incluso aquellos mejor aislados lo están con materiales procedentes de la industria fósil. Es la prueba de que nuestro modo de vida está íntegramente estructurado en torno al consumo de fósiles y que, solamente sustituyendo estos por energías renovables y materiales biodegradables, podemos reducir emisiones drásticamente y lograr que el planeta respire de nuevo. Las alternativas existen. En la construcción, concretamente, hay materiales como el aglomerado de cáñamo o la celulosa que son de gran resistencia y eficiencia energética a la par que nula o escasa emisión de gases de efecto invernadero.

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Fragmento de ‘El nacimiento de Venus’ de Sandro Botticelli, ca 1485. (Wikimedia Commons)

Las mascarillas con las que muchos, en su mayoría jóvenes, han salido a protestar contra la violencia racial simbolizan este imaginario emergente de la asfixia. Junto a la amenaza del virus, se suma la de una atmósfera cada vez más recalentada y atestada de micropartículas venenosas. Durante las mismas protestas, acechan también, como señala la investigadora Zeynep Tufekci, los gases lacrimógenos que en ocasiones utiliza la policía para dispersarlas. Explica Tufekci que la exposición frecuente a gases lacrimógenos aumenta la propensión a desarrollar enfermedades respiratorias. En el contexto de la pandemia, la dificultad añadida para acceder a caretas antigás o máscaras respirador con las que protegerse hace que los manifestantes quedan todavía más expuestos a estos gases venenosos.

Al mundo le urge recuperar el aliento en sentido literal y metafórico. Cabría preguntarse si el derecho a respirar no es el más universal de todos y el que más habría que proteger. Para los antiguos griegos, nos recuerda Keller, el pneuma, la respiración, fue el origen de todo. No poder respirar sería, en consecuencia, el final.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Clarín el 7 de julio de 2020 con el título ‘El derecho a respirar’.

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