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*O.M-R. – [A partir de lo que ya escribí en la reciente columna ‘La sociedad del riesgo‘, reflexiono sobre la transición del ciclo de terrorismo yihadista al ciclo de riesgo sanitario en Europa y el papel del miedo como idea política.]

En estas semanas se juzgan en París los atentados yihadistas de enero de 2015, cuando los hermanos Kouachi entraron en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y asesinaron a 12 personas a bocajarro. En los días siguientes, otro terrorista mató a una policía y secuestró a varias personas que se encontraban en el interior de un supermercado kosher, matando a cuatro de ellas. A los atentados de enero siguieron los de noviembre en la sala Bataclan y varias brasseries de la capital; al año siguiente, el de Niza, cuando un camión arrolló a más de 500 personas, matando a 86; por mencionar tan sólo los ataques más mortíferos en suelo francés a lo largo del último lustro. Durante estos años, especialmente los primeros, la amenaza terrorista copó titulares, convirtiéndose en una preocupación política y ciudadana constante. Muchos espacios se dotaron de seguridad reforzada, grupos de militares patrullaban los lugares más emblemáticos de las grandes ciudades y se hacían simulacros de atentado en los colegios. Viajar en transporte público, acudir a un evento público, era percibido por muchos ciudadanos como un riesgo y la vista de una mochila o bolsa abandonada, motivo inmediato de alarma para la mayoría. 

Este ciclo terrorista en Europa se cerró, según los expertos, en 2019, gracias al avance multilateral en la desarticulación del Estado Islámico en Oriente Medio y a una mayor eficacia policial en territorio europeo. Desde principios de este año, Europa, como el mundo entero, ha ingresado en un nuevo ciclo de riesgo, el sanitario, ocasionado por la pandemia del coronavirus. Actualmente, esta amenaza ocupa el grueso de nuestro espacio mediático y político, condicionando nuestra vida cotidiana. Viajar en transporte colectivo, convivir en espacios públicos, vuelve a ser motivo de temor por el riesgo de contagio.

Para el sociólogo alemán Ulrich Beck (1944-2015), la sociedad contemporánea es una sociedad del riesgo en la que dedicamos cada vez más energía a “debatir, prever y gestionar riesgos” que hemos generado nosotros mismos. Sean catástrofes naturales, terrorismo o pandemias “los riesgos”, decía Beck, “existen en un estado de permanente virtualidad y sólo se vuelven reales en la medida en que se anticipan”. Sin esta presencia virtual, en los medios de comunicación, en las redes sociales, en el cine, etc. “los riesgos no son nada”. Escribe, a su vez, el politólogo estadounidense Corey Robin que “el miedo es la más eléctrica de las emociones”. Para este autor, el miedo es una idea política que debe abordarse como tal. Parafraseando a Edmund Burke, nos recuerda que “no es tanto la realidad de una amenaza, sino la idea imaginada de esa amenaza lo que renueva y restaura”.  Desde tiempos inmemoriales, muchos gobernantes han aprovechado esta presunta propensión colectiva a concentrarse en determinadas amenazas para unificar y vigorizar a la población y restablecer su autoridad sobre ella. En época contemporánea, esta anticipación de la amenaza produce, además, según Beck, una compulsión de los gobernantes a actuar. Puesto que “el coste político de la inacción es mucho más alto que el de la sobrerreacción”, los políticos “pueden verse obligados a proclamar una seguridad que no pueden avalar”. Para Robin, el origen de esta compulsión a actuar está en un pensamiento moderno y científico que observa el mundo “como un paisaje extraño que hay que controlar y someter”. 

Si a Beck le preocupaban las consecuencias de una sociedad atrapada entre “promesas estatales de seguridad” y “unos medios de comunicación hambrientos de catástrofes”; Robin alerta sobre el escaso alcance del miedo como estrategia para la convivencia. El miedo “rara vez produce, en el largo plazo, la unidad y la energía que muchos esperan obtener de él”, concluye.

Robert Delaunay, ‘Premier disque’ (1912-13). (Wikimedia Commons)

Mientras escribía esta reflexión, me llegaba la noticia del ataque con machete perpetrado el pasado 25 de septiembre por un joven pakistaní sobre dos personas que se encontraban fuera de los antiguos locales de la revista Charlie Hebdo. Por supuesto, la elección del momento –durante el juicio por el ataque de 2015– y lugar del ataque no son casuales. Es claro, como constatan también numerosos expertos, que la amenaza yihadista, si bien ha menguado, no ha desaparecido. Su naturaleza ha cambiado, ampliando el yihadismo su presencia en el espacio cibernético para reclutar lobos solitarios, como este joven que llegó a Francia en 2018, y penetrando el crimen organizado para financiarse.

El reciente ataque es una muestra de cómo opera la sociedad del riesgo. Sacó por unas horas a la capital francesa del imaginario de la pandemia y las restricciones sanitarias para reintroducirla en el de la amenaza terrorista. En los medios no se hablaba de otra cosa, la policía tomó los barrios aledaños al ataque y se confinó a los colegiales de la zona en sus aulas por varias horas. Más allá de la existencia objetiva de ciclos de riesgo es legítimo cuestionarse por qué concentramos toda nuestra atención y recursos en un solo riesgo a la vez. Sabemos que la realidad está hecha de retos y amenazas simultáneas. ¿Acaso no deberíamos distribuir nuestras energías y nuestros miedos de manera más equilibrada para enfrentarlos?

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Clarín el 3 de octubre de 2020.

2 pensamientos en “Ciclos de riesgo

  1. Tienes razón. Amenazas que vienen de distintas direcciones, pero que al sumarse forman “tormentas perfectas”. En todas ellas aparece el componente humano de la estupidez: hacer daño a otros sin beneficio propio. La inteligencia de que carece un virus la ponemos nosotros a su servicio. Por poner un ejemplo.

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