Home

OPINANTAS / A. Lagostini – Educada en la indiferencia hacia la espiritualidad, no fue hasta tarde en mi vida que descubrí algunas obras maestras de la arquitectura religiosa, entre ellas la catedral de Chartres y su laberinto.

Al recorrer las calles que bordean el Eure, una obra de arte callejero llamó mi atención: una madona en oración. A modo de aureola, el artista EZK representa los tres arcos que simbolizan el wifi. Me vino entonces a la mente la explicación del guía de la catedral sobre la función de las reliquias y el oro de los relicarios que las contienen: transmitir un fluido vital, la virtus, que permitiría un contacto directo con Dios. El oro sería ese metal transmisor que facilita el acceso a dicho fluido. Viendo en esa mujer una figura materna, imaginé que las ondas que difundía eran nocivas, un poco como las que emite una madre narcisista.

«Au nom du pire» (En nombre de lo peor) de EZK. Foto de la autora.

Si los perversos narcisistas han recibido atención mediática más recientemente, las madres frías y sin empatía han estado presentes en la literatura desde hace mucho tiempo: la madre de Jacques Vingtras en El niño de Jules Vallès («No recuerdo una caricia del tiempo en que era muy pequeño», cuenta el narrador en las primeras líneas); Folcoche en Vipère au poing (Víbora en el puño) de Hervé Bazin…


Hoy en día, la presión en lo que se refiere a la crianza es tal que se insta más bien a las madres a no agotarse en su afán de hacerlo bien. Ser una madre «suficientemente buena» ya es todo un reto. Mientras que una madre bienintencionada se desvive por ser la mejor madre posible, la madre narcisista, en cambio, delega la perfección en su progenitura, sobre todo si se trata de una hija. No satisfecha con ser egocéntrica y carente de empatía hacia su descendencia, esta dama Narcisa convierte a su hija en el reflejo idealizado de sí misma. E, inevitablemente, su hija la decepciona, lo que suele generar en ella un sentimiento perdurable de baja autoestima. Esta Dama Narcisa alimenta la competencia con su descendencia, lanzándole comentarios hirientes: una violencia psicológica encubierta, que la mayoría de las veces pasa desapercibida para el entorno inmediato. Es la madre de Antoinette en El baile de Irène Némirovsky, la cual organiza una suntuosa recepción a la que no invita a su propia hija adolescente.


La hija puede tardar en identificar la herida narcisista resultante de esta toxicidad, lo que la convierte en una mendiga afectiva crónica, sedienta de pruebas de amor que, incluso cuando le son otorgadas, no logran satisfacerla. Porque nadie tiene el poder de reparar un amor materno fallido. Se puede encontrar consuelo en amigas de mayor edad o en miembros sanos de la familia. Pero el daño ya está hecho y hay que aceptar vivir con esa herida para que cicatrice.

Reconocer esto permite a la hija liberarse de dolores físicos y morales inexplicables y sanar las relaciones con los demás: en otras palabras, dejar de exigir lo imposible a su entorno. De lo contrario, la hija no entenderá por qué atrae y es atraída por los famosos perversos narcisistas. Tener una madre narcisista nos lleva a considerar normal estar bajo el control de este tipo de personas. Claro está, no todos los narcisistas son manipuladores. Pero es casi seguro que una hija de madre narcisista atraerá, más de lo habitual, a esas personalidades desequilibradas que se alimentan del amor y la energía de los demás, mientras los desprecian.


¿Sin dolor no hay ganancia?
Haber lidiado con una madre narcisista permite, sin embargo, evitar caer en los clichés relacionados con la maternidad: no, no todas las madres son amorosas, dulces, atentas… Algunas mujeres lamentan haber tenido esa carga, como [la actriz francesa] Anémone, convencida de que la maternidad perjudicó su carrera como actriz.
Del mismo modo que no todas las mujeres están destinadas a ser madres (sobre el tema, dos libros interesantes: A l’enfant que je n’aurai pas (Al hijo que no tendré), de Linda Lê y J’ai décidé de ne pas être mère (He decidido no ser madre), de Chloé Chaudet), tampoco todas se ajustan a la imagen idealizada de la feminidad eterna. Cada vez más generaciones jóvenes lo asumen abiertamente, frente a ciertas damas conservadoras, acostumbradas a la ley del silencio ante las injusticias y las violencias del sistema patriarcal, que aconsejan a estas jóvenes insensatas “reconciliarse con su feminidad”. Prueba de que cuestionar los mitos de género, que son la base del funcionamiento de nuestras sociedades, sigue siendo subversivo en el siglo XXI.

Caminando junto a tres mujeres de edades distintas en el laberinto de la catedral, quise ver en ello la posibilidad de una complicidad femenina que borrara heridas y ofensas, como la que une a las heroínas de la novela El verano sin hombres, de Siri Hustvedt. Un llamado, en cierto modo, a la sororidad transgeneracional.

Amélie Lagostini

Mediadora socio-cultural.

(Traducción de O.M-R. Texto original en francés disponible aquí.)

Leave a Comment