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*O.M-R. – Respeto. Esa palabra que invocamos casi diariamente en todos los ámbitos: desde el familiar al laboral y, especialmente, el político. Últimamente, nuestros representantes han hablado mucho del “respeto a la ley” o el “respeto a las urnas”. Pero también escuchamos a Pedro Sánchez expresar su respeto al expresidente Mariano Rajoy en un gesto destacado por los medios. Merece la pena detenerse en la palabra y preguntarse: ¿Entendemos todos lo mismo cuando hablamos de respeto? ¿Hay diferentes maneras de interpretar la palabra? En una sociedad democrática, plural y tolerante, ¿qué debemos entender por respeto?

Su definición en algunas de las principales lenguas europeas nos ofrece pistas sobre sus matices culturales. El Diccionario Inglés de Oxford define respect como “un sentimiento de profunda admiración por alguien o algo por sus capacidades, cualidades o logros”, también como “consideración por los sentimientos, deseos o derechos de otros”. El diccionario de francés Larousse define respect como “sentimiento de consideración hacia alguien que lleva a tratarlo con especial miramiento”. La RAE, en su primera acepción, se refiere al respeto como “veneración, acatamiento que se hace de alguien” y más adelante como “miedo”. En las tres lenguas, la palabra deriva del latín re-specere, literalmente ‘mirar atrás’ que podría interpretarse como tener en cuenta la trayectoria de alguien o algo.

‘Best Buddies’, Keith Haring, 1987. (Best Buddies International Foundation – uso leal)

Parecería que en el ámbito anglosajón el respeto tiene, al menos teóricamente, una impronta humanista. Para el académico de Harvard William Ury, “los seres humanos tenemos una serie de necesidades emocionales – amor y reconocimiento, pertenencia e identidad, propósito y sentido en nuestras vidas” y, concluye, “si tuviéramos que resumir todas estas necesidades en una palabra sería la de respeto”. Respeto implica ser tratado con consideración y estar dispuesto a tratar del mismo modo al otro, teniendo en cuenta sus sentimientos, sabiendo, no sólo escucharlo, sino asimilar lo que dice. Esta dimensión humanista del respeto está muy ligada a la idea de que las personas somos intrínsecamente iguales. Así, escribe William Aiken, “el respeto es una fuerza rotunda sin pretensiones de la que están hechas la equidad y la justicia”.

Desde esta perspectiva, el respeto no es sinónimo de obediencia o sometimiento, a diferencia de lo que quizá asumimos más fácilmente en nuestro contexto cultural (véase la referencia al miedo en la RAE). El contraste entre respeto y obediencia es especialmente manifiesto en situaciones de conflicto y el modo en que se encara su resolución. El respeto se da entre las partes implicadas en un conflicto cuando existe una relación de reconocimiento mutuo por encima de la correlación de fuerzas. La obediencia es el resultado de una relación asimétrica de poder en la que una de las partes, a través de la coacción, somete a la otra. Los mediadores de conflicto tienen claro que el respeto es clave para construir confianza entre las partes y lograr que ambas estén más dispuestas a realizar concesiones sostenibles en el largo plazo. En la misma lógica, el respeto a un adversario político implica aceptar que representa a una parte de la ciudadanía y que es obligado escucharlo como parte de la dinámica democrática. Lo contrario del respeto serían el desprecio del otro, la humillación y el insulto, que, conforme a este planteamiento, generan una espiral de violencia de escaso recorrido político.

Si el respeto no es sinónimo de obediencia, tampoco lo es, advierten algunos, de paternalismo o compasión. En lugar de “debatir con nuestros adversarios con la esperanza de hacerles cambiar de parecer”, escribe el historiador Christopher Lasch, “les imponemos silencio gritando más fuerte que ellos o estando de acuerdo en mantener el desacuerdo, alegando que todos tenemos derecho a tener nuestra opinión”. El respeto consistiría en ver a nuestro interlocutor como un igual, esto es, considerar al otro capaz de entender nuestros argumentos, ponerse en nuestro lugar y aceptar una parte de nuestra verdad. Pasaría también por evitar hablar en nombre de un colectivo del que no formamos parte y, en su lugar, trabajar para crear las condiciones que permitan a cualquier colectivo desfavorecido hablar por sí mismo. Históricamente, se ha tendido a infantilizar (del latín infans, ‘incapaz de hablar’) a las mujeres y determinadas minorías asumiendo su incapacidad para defender sus propios intereses, privándoles de la palabra desde un mal entendido respeto que no sería sino compasión por el aparentemente débil.

Hablar y dejar hablar, escuchar y ser escuchado, ver siempre al otro como un interlocutor válido, un igual; sería la definición mínima de respeto en una sociedad democrática.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este texto (en una versión ligeramente reducida) se publicó originalmente en la sección de Opinión de El País el 10 de junio de 2018.

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