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O.M-R. – Vergüenza, indignación, rabia, impotencia, tristeza… ya se han usado casi todas las palabras del vocabulario para describir los sentimientos que provoca en una mayoría de ciudadanos el sufrimiento de los refugiados de Oriente Medio y la desidia incompetente de los gobiernos europeos para lidiar con su situación mientras tratan de alcanzar nuestro continente y una vez aquí. No bastó la foto de Aylan Kurdi, no bastan las continuas noticias e imágenes de nuevas muertes de niños y adultos en el Mediterráneo, no bastan los testimonios de los escasos voluntarios que trabajan en Lesbos y otros puntos críticos de las fronteras de la UE acerca de las condiciones inhumanas en que se encuentran cada vez más personas. ¿Qué necesitamos ver para afrontar en serio esta crisis humanitaria? ¿Qué necesitamos que suceda?

'Refugiados' por Jēkabs Kazaks (1917) (Wikimedia Commons)

‘Refugiados’ de Jēkabs Kazaks (1917) (Wikimedia Commons)

Recuerdo las veces que le he preguntado a mi madre (sueca), aunque ella era todavía muy pequeña entonces, si en Europa se sabía lo que estaba sucediendo en los campos de concentración de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. No podía entender que la gente supiera y no hiciera nada. A diferencia de la situación actual, Europa estaba en guerra, varios de sus países estaban gobernados por dictaduras y era mucho más difícil para el común de los ciudadanos movilizarse y exigir respuestas a sus gobiernos. ¿Pero hoy? ¿Cómo puede ser que ni tan siquiera se haya convocado una marcha ciudadana coordinada en todas las capitales europeas para pedir acción y pedagogía a nuestros gobiernos en esta crisis? Es difícil de creer que no existan los recursos humanos, técnicos y financieros para albergar de emergencia a los miles de refugiados que se hacinan en nuestras fronteras, tramitar de manera expeditiva sus demandas de asilo y desarrollar mecanismos que supongan una alternativa a su arriesgada travesía por el Mediterráneo. Me limitaré a repetir el manido argumento de que si hubo voluntad política y dinero para rescatar a los grandes bancos, debería haberlo para rescatar vidas humanas.  Y es difícil de creer que no existan los medios para combatir con el mismo ahínco institucional con el que se combate el déficit público los argumentos xenófobos, basados en el miedo y la ignorancia, de aquellos ciudadanos y gobernantes europeos que rechazan a los refugiados. Basta con apoyarse en la historia y la evidencia empírica. Ojalá la misma inteligencia y voluntad aplicada repentinamente – y a remolque de la implicación de Rusia – para tratar de hallar una solución a la guerra y ocupación del Estado Islámico en Oriente Medio se utilizara para encontrar respuestas inmediatas al sufrimiento y muerte de cientos, miles, de sirios, iraquíes y afganos que llegan o ya están aquí. Me temo que mi hijo y mis nietos me preguntarán en 20, 30 o 40 años lo mismo que yo le preguntaba a mi madre: “¿Sabíais lo que estaba sucediendo y no hicisteis nada?” O eso o las generaciones que vienen sabrán encajar el cinismo y egoísmo de Europa y reescribirán la historia contemporánea. Sonreirán condescendientes ante el idealismo de sus mayores que pensaban que nuestro continente era diferente, más humano, más solidario, y que ciertas cosas no tenían cabida en él.

Olivia Muñoz-Rojas

 

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