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‘Cicerón denuncia a Catilina’, Cesare Maccari, 1889. (Wikimedia Commons)

O.M-R. – Cada cierto tiempo, medios y políticos hablan del decoro o, más bien, de la ausencia de decoro en la vida parlamentaria española. En los últimos meses han suscitado atención la secuencia de expresiones utilizadas por el líder de Podemos en el Congreso (‘me la suda, me la trae floja’), parafraseando la hipotética respuesta del presidente del Gobierno al veto presupuestario; o el ‘hasta luego, gánster, nos veremos en el infierno’ de Gabriel Rufián, dirigiéndose al exjefe de la Oficina Antifrau de Catalunya. Ante estos episodios, son numerosas las voces que se lamentan de la falta de maneras de estos diputados y, en general, de una pérdida de respeto y buenos modales en el hemiciclo coincidente con la llegada de los nuevos partidos, especialmente, los de la izquierda radical.

Algunos analistas recuerdan, sin embargo, que el lenguaje grosero y los rifirrafes entre parlamentarios, llegando incluso a la violencia física, nada tienen de nuevo ni son específicos de nuestro país. Baste recordar un famoso episodio entre dos diputados de la Segunda República en el que el primero acabó disculpándose por haber llamado ‘farsante, cobarde, fanfarrón’ y ‘ladronzuelo vulgar’ al segundo. O, en años más recientes, el ademán de agresión física del actual portavoz del Grupo Popular al entonces portavoz del Grupo Socialista en los pasillos del Congreso. Fuera de nuestro país, son notorias las elaboradas agresiones verbales que intercambian los parlamentarios británicos o los zapatazos que de cuando en cuando lanzan algunos políticos a sus contrincantes en otros países.

Más allá de relativizar la novedad de esta supuesta falta de buenas maneras y recordar que, en todo caso, no es monopolio de ningún extremo del arco político; conviene destacar que el concepto de decoro tiene un recorrido milenario y un potencial político mayor del que suele pensarse. Su significado original, profundo y complejo, podría ayudarnos a discernir entre los buenos y los malos políticos en nuestras democracias actuales.

El concepto de decoro nace en la Antigüedad, asociado a la tradición retórica que inician los griegos, continúan los romanos y retoman los renacentistas. A partir del siglo XVIII, el término es despojado de su complejidad filosófica, convirtiéndose en sinónimo de buen gusto y buenas maneras. Denostada por el pensamiento moderno que la reduce al arte de la palabra manipuladora y engañosa; en las últimas dos décadas, varios autores han revisado la tradición retórica con otra mirada, reivindicando su riqueza y utilidad práctica.

Entre los autores clásicos que profundizan en la noción de decoro está Cicerón. Lo hace en varios libros y, de acuerdo a Robert Hariman, el concepto permea toda la obra del pensador romano. Para Cicerón, el decoro del orador político se manifiesta en la sintonía entre el estilo y el contenido de su discurso político, pero también en la sintonía entre este discurso y su audiencia. El orador que buscar sintonizar con una audiencia amplia optará por un discurso basado en el ethos, el juicio común y la prudencia, aunque deberá prestar atención siempre al pathos, es decir, a las pasiones, deseos y sentimientos del público. Aquel que quiera, ante todo, suscitar el ardor de la audiencia, atenderá, sobre todo, a estos últimos. En todo caso, añade Hariman, cada posicionamiento político tiene su estilo, su particular combinación de mesura e ímpetu.

El concepto de decoro es además para Cicerón indesligable de las acciones y el modo de vida del orador. En tanto que hombre de estado, explica Hariman, Cicerón aspiraba a hablar y actuar encarnando siempre el buen gobierno. Exigía de sí mismo y de los demás líderes de la República romana consistencia entre su discurso y acción política. No sólo parecer cívico y moral, sino serlo. “Ante todo hemos de decidir quiénes y cómo queremos ser y en qué género de vida”, escribe Cicerón.

La república (léase, democracia) se funda y refunda diariamente en los discursos de sus representantes; en la oratoria que es también acción política. Tanto su fortaleza como su debilidad radican, precisamente, en este anclaje efímero, en constante mutación, explica Hariman. Sujeto a la tensión entre el ethos y el pathos, el orador que hace república al hablar se debate entre mantenerse firme en sus principios y amoldarse a la sensibilidad de la audiencia – ciudadanos, electores – en cada momento.

¿Acaso no son muchos los ciudadanos a quienes les gustaría llamarle gánster a la cara a más de un político en nuestro país en estos momentos? Si entendemos el decoro como sintonía entre el discurso de un orador y su audiencia, la intervención del diputado de ERC en la Comisión de investigación sobre el exministro de Interior sería decorosa. Es más, podría concluirse que el estilo y el objeto del discurso concuerdan dada la naturaleza de los presuntos hechos delictivos que se discutían en la comisión.

Por otra parte, entendiendo el decoro como correspondencia entre discurso y acción, incluso modo de vida, podemos preguntarnos si es decoroso, por ejemplo, condenar la corrupción en las asambleas parlamentarias a la par que tolerarla en otras instituciones o incluso participar de ella directamente, tal y como han hecho algunos de nuestros políticos. ¿Cómo debemos interpretar que algunos de ellos se muestren escandalizados ante la supuesta falta de decoro parlamentario de sus adversarios políticos?

Es claro que intervenciones como las del líder de Podemos o el diputado de Esquerra no sólo abundan en el pathos a expensas del ethos, sino que, a menudo, muestran escasa oportunidad en el sentido de lograr el efecto político que aparentemente desean: escrutar las acciones políticas del adversario político y ponerlo en evidencia y no, por el contrario, facilitarle la tarea de ocultar éstas tras la consabida y consiguiente humareda de indignación ante la falta de modales. La tradición retórica utiliza el concepto de kairos para referirse a la capacidad de aprovechar un instante limitado y pasajero para expresar algo con fuerza y lograr así un determinado objetivo. Al igual que el arquero que necesita, además de apuntar con precisión su flecha, enviarla con fuerza para que penetre, debe el orador medir tanto su puntería como su fuerza. De poco sirve lanzar flechas que no penetran o, peor aún, regresan sobre él.

La tradición retórica y, concretamente, el concepto de decoro constituye una afinada vara de medir para el ciudadano que desea evaluar la calidad e integridad de sus representantes y parlamentarios. Con ella puede distinguir, no sólo entre políticos elocuentes y los que lo son menos, sino entre aquellos representantes que, desde cualquier lugar del espectro político, viven, hablan y actúan de la manera más íntegra posible y aquellos otros que dicen encarnar el civismo y el buen gobierno y actúan en sus antípodas – huelga decir, peor que gánsteres, pues estos no pretenden engañar a nadie.

Olivia Muñoz-Rojas

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One thought on “El decoro de los gánsteres

  1. Excelente y relevante texto para los tiempos que vivimos. En nuestros dias abundan los ejemplos (al mas alto nivel ) en la que la perdida del decoro de los politicos tiene un impacto significativo en el destino de un pais y su gente.

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