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*O.M-R. – Me había propuesto insistir en esta columna sobre el que considero uno de los mayores desafíos para nuestra sociedad y que la pandemia ha hecho todavía más flagrante: la dificultad para conciliar vida laboral y familiar. Al mismo tiempo, me parece urgente abordar otro reto de actualidad: la necesidad de desarrollar estrategias coordinadas en respuesta a la pandemia que tomen en cuenta el mayor número posible de aspectos de la vida colectiva. Me di cuenta que la propia palabra conciliar me permite hablar de ambas cosas a la vez.

Su primera acepción, de acuerdo al diccionario de la RAE, es ‘poner de acuerdo a dos o más personas o cosas’. Ese es también el sentido de la política: llegar a acuerdos entre diferentes actores políticos e instituciones y, en ese proceso, conciliar las diversas demandas y necesidades de la ciudadanía, en ocasiones, contradictorias. En el contexto actual, este equilibrio es, si cabe, todavía más delicado. Como bien saben los analistas de políticas públicas, no hay política que genere exclusivamente beneficios –incluso en circunstancias normales– y, a veces, los efectos no previstos de una política pueden generar más costos que los beneficios buscados. Ya hay voces que advierten de que las muertes en el mundo por los efectos de las restricciones sanitarias superarán a las causadas por la pandemia. Por eso es tan importante que las políticas no se conciban a través de un único prisma –sea este sanitario, económico u otro–; ni en una suerte de vacío, como si una determinada política no fuera a interactuar con otras. Sin ir más lejos, las medidas que se tomen en materia laboral deben conciliarse con aquellas que se tomen en materia educativa y a la inversa. Esto exige, entre otras cosas, que las instituciones miren más allá del estricto ámbito de sus competencias y se pongan de acuerdo entre ellas.

Juegos malabares en el antiguo Egipto. (Wikimedia Commons)

No es casualidad que el ejemplo que pone la RAE de la segunda acepción de conciliar, ‘hacer compatibles dos o más cosas’, sea ‘conciliar la vida laboral y la vida familiar’. Basta, hoy en día, con decir ‘conciliar’, sin más precisiones, para que todos entendamos que a eso nos referimos. En la práctica, sin embargo, se trata de una aspiración, más que una realidad. Al principio de la pandemia, se habló de que el confinamiento podría hacernos reconsiderar nuestras prioridades y colocar la vida y los cuidados asociados a ella en el centro de la agenda política. Seis meses más tarde, apenas hay indicios de ello. ‘No hay conciliación en la nueva normalidad’ era el título de un reciente artículo de Ariane Aumaitre en estas páginas. Si tampoco era posible compatibilizar armónicamente trabajo remunerado, de cuidado y doméstico antes de la pandemia, la respuesta de los poderes públicos a la emergencia sanitaria lo ha hecho todavía más difícil. Lo que no queda claro es si esta situación es el resultado de políticas poco pluralistas y escasamente coordinadas entre ellas, conforme a lo arriba explicado; o porque los costos de la imposibilidad de conciliar son, como dirían los expertos, tolerables. A fin de cuentas, los que sufren las consecuencias son madres y padres, sobre todo, aquellos socialmente más vulnerables, a quienes no les queda tiempo y energía suficiente para movilizarse políticamente; y niños… que no votan.

Olivia Muñoz-Rojas

*Esta columna se publicó originalmente en la sección de Opinión de El País el 10 de septiembre de 2020.

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