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*O. M-R. – A través de la cultura popular global, accesible en redes, llegan tendencias que revelan la necesidad que tienen más y más adolescentes y jóvenes de replegarse de las exigencias de un mundo cada día más acelerado, ruidoso y violento. Más allá del incipiente giro religioso que posiblemente se esté produciendo en Occidente es posible observar una sensibilidad emergente en torno al recato, esa mezcla de cautela, reserva y modestia que define la RAE, entre parte de la juventud global. Podemos mencionar la moda holgada y unisex y el rechazo a la logomanía, junto con la apuesta por el ‘lujo silencioso’. Pero estarían también la negociación de la tensión entre la sobreexposición y la necesidad de privacidad y la camaradería como espacio seguro, presentes en el imaginario de la cultura pop coreana y que la oscarizada cinta animada Las guerreras K-pop explora de manera más explícita. La que podría convertirse en una de las películas de culto de la generación alfa ahonda en la noción de sororidad y muestra a sus protagonistas –estrellas del pop con poderes sobrenaturales que actúan como guardianas de ciertas tradiciones– alternando entre momentos de acción y compromiso y otros de repliegue y desconexión.

La experiencia de la pandemia marcó profundamente a las generaciones que transitan ahora la adolescencia o comienzan su vida adulta. Si bien la dependencia digital y la propensión de los adolescentes a aislarse no aparecieron con la pandemia, se exacerbaron durante esos años de vida social limitada en los que niños y adolescentes aprendieron que confinarse les protegía y protegía a los demás. Como establecen numerosos estudios, el impacto del encierro prolongado sobre su desarrollo y su salud mental no se puede menospreciar. Conocido como síndrome de aislamiento social agudo, el número de casos extremos de retraimiento, por ejemplo, ha aumentado en todo el mundo. Es especialmente visible en sociedades como Corea del Sur y Japón, con sistemas educativos extremadamente competitivos, donde estos jóvenes autorecluidos, que no salen de casa por meses, incluso años, reciben el nombre de hikikomori. Más proclives al suicidio y menos inclinados a formar pareja, tener familia o participar del mercado laboral a pesar de su alto nivel educativo, se han convertido en un problema social, económico y demográfico para el que las autoridades buscan soluciones.

El personaje Ruler o Juana de Arco, protagonista femenino de la novela ligera japonesa y serie de anime Fate/Apocrypha. (Pinterest)

Junto al aislamiento, la ausencia prolongada de contacto físico y las estrictas exigencias de higiene a las que estuvieron sometidas durante la pandemia, en una etapa clave de su desarrollo, pueden haber fomentado en estas generaciones cierta relación de distancia o extrañeza respecto de su propio cuerpo y del de los demás. Al mismo tiempo, la educación sexual, de género y emocional que han recibido muchos de estos jóvenes es probablemente una de las más abiertas y tolerantes de la historia. El énfasis en el consentimiento los ha hecho más conscientes, especialmente a ellas, de la importancia de respetar su cuerpo y de exigir que este sea respetado por los demás. Todo ello ocurre, al mismo tiempo, en un contexto en el que el físico se expone, se explota e incluso se manipula en las redes sociales. Frente a esta sobreexposición y a la resexualización de los cuerpos, tanto femeninos como masculinos, promovidas por un patriarcado que parece regresar con renovada virulencia, la elección del recato puede leerse en clave de resistencia. En una sociedad que se ha acostumbrado a mostrar y monetizar la intimidad en todas sus formas, la voluntad de ocultarse, de no compartirlo todo ni poner el cuerpo permanentemente en escena, se convierte así en un gesto de rebeldía.

Combinadas, la propensión a la autorreclusión, individual o en grupo, y una creciente conciencia feminista, podrían estar dando lugar a una nueva forma de ‘puritanismo’. Históricamente, hemos asociado el puritanismo al conservadurismo, pero este ‘puritanismo rebelde’ sería una estrategia para reclamar autonomía frente a un sistema que exige exposición y disponibilidad constante. En la superficie, la tendencia al recato se manifiesta en la preferencia por prendas que disimulan las formas, como las que luce a menudo la cantante Billie Eilish; e incluso accesorios religiosos como los velos cristianos de la cantante gótica Ethel Cain. Sin embargo, fenómenos como el movimiento de mujeres célibes 6B (previamente 4B), surgido también en Corea del Sur y fundado en cuatro negativas explícitas –no al romance, no al sexo, no al matrimonio, no a la maternidad–; pueden verse como la vanguardia de una corriente alternativa más profunda. La castidad que promueven sus seguidoras cuestiona las expectativas de una sociedad tradicional como la surcoreana de base confuciana e importante presencia cristiana, y al mismo tiempo plenamente integrada en el sistema económico global, capitalista y patriarcal. Este imaginario juvenil, donde cohabitan la ultracompetitividad y la hipersexualización con expresiones radicales de retiro y abstinencia sexual dentro un marco de tecnologización avanzada y apego a las tradiciones, parece resonar entre los adolescentes y jóvenes del mundo desarrollado. En un momento de gran confusión e incertidumbre global, podría ser que, en sus tensiones y paradojas, esté germinando un proyecto político propio.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de El País el 28 de abril de 2026 con el título ‘El recato como resistencia de la generación alfa’.

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