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O.M-R. – Hace ya un tiempo que la pasión por los cup cakes, estos pastelitos, parecidos a las magdalenas, y decorados con crema de mantequilla y glaseado de colores, se ha ido extendiendo desde los países anglosajones al resto del mundo, incluida España, a través de blogs, libros de recetas, programas de televisión, talleres y tiendas especializadas. No es la primera vez que se intenta analizar este particular fenómeno cultural-gastronómico. Asociado en EEUU a la época dorada de los años 50, según algunos autores, en el mundo anglosajón, el cup cake forma parte de un fenómeno más amplio de nostalgia por los salones de té, las meriendas tradicionales y una particular estética hogareña vintage de raíces victorianas (diseños florales, colores pastel, etc.). Se trata de hábitos y objetos propios de las clases medias de una época, los 50, de prosperidad económica y hogares sólidos (en apariencia, al menos) en los que las mujeres se dedicaban a la casa y con esmero horneaban pastelitos para fiestas y cumpleaños.

La cuestión de por qué triunfan los cup cakes – y su versión más reciente, el cake pop, similar a una piruleta – nada tiene de trivial teniendo en cuenta que se trata de una de las pocas industrias que ha crecido con la crisis. Ya en 2009, el New York Times resaltaba el auge económico de los cup cakes en EEUU y anticipaba un aumento del 20 por ciento en las ventas de estos pastelitos en los siguientes cinco años. Entre los más ávidos consumidores europeos de cup cakes están los británicos. En 2012, consumieron más de 110 millones de pastelitos – dos por cada habitante. Las ventas de cup cakes generaron 30,5 millones de libras y la venta de utensilios e ingredientes para hacerlos se incrementó un 66 por ciento en ese país. Semejantes cifras llevaron al Daily Mail a preguntarse si los cup cakes no iban a sacar al Reino Unido de la recesión.

En España la pasión por el cup cake es más reciente. Sin embargo, éste ha conquistado rápidamente a miles de españoles que acuden a las cada vez más numerosas cupcakerías o deciden probar suerte y preparar sus propios pastelitos siguiendo recetas de los numerosos libros de recetas publicados últimamente, programas de televisión o blogs como el de Alma Obregón. Existe también una abundante bibliografía sobre cómo convertir el cup cake en negocio. Al igual que sucedió en EEUU y otros países del continente americano hace unos años, son cada vez más los emprendedores españoles que se decantan por este negocio de repostería, frecuentemente vendiendo a domicilio antes de dar el salto a la tienda propia.

El cup cake implica tiempo y dedicación; parte de su encanto es conseguir decoraciones y texturas cada vez más elaboradas y de mayor originalidad con las que deleitar, si no impresionar, a familia y amigos. Por ello, el horneado y la ornamentación de cup cakes y cake pops parecen reñidos con el ritmo de vida de buena parte de los individuos que hoy en día apenas logran preparar la cena diariamente. En este sentido, el cup cake es síntoma de la nostalgia por un conjunto de valores y hábitos tradicionales relacionados con el hogar, especialmente, la cocina, y la presencia en ella del ama de casa. Al igual que la famosa magdalena que hace recordar un instante precioso de su infancia al protagonista de En busca del tiempo perdido (y que sirve a M. Proust para ilustrar el poder de los sentidos para hacernos recordar momentos que creíamos olvidados), el cup cake evoca el recuerdo colectivo (real o no) de una infancia aderezada de dulces caseros preparados por nuestras madres y abuelas. El cup cake es así símbolo de valores tradicionales de género, de la idealización de lo doméstico en una generación que no tiene tiempo para practicarla de manera cotidiana. El cup cake se convierte en oportunidad de realizarse fuera del trabajo, un momento de distensión, cuasi-festivo, por lo que de excepcional tiene.

En los países anglosajones, la repostería ha pasado a formar parte de un movimiento inicialmente centrado en el punto y el crochet, el Stitch ’n Bitch (algo así como hacer punto y contar chismes), que apela a rescatar costumbres tradicionalmente femeninas en desaparición en la sociedad occidental actual. Hay quienes ven un aspecto reivindicativo en esta recuperación de saberes y actividades esencialmente manuales, mientras que otros identifican el movimiento con una invitación encubierta a la mujer a regresar a su papel tradicional en la esfera doméstica. La estética de lo mono y adorable  – ‘cute’, Kawaii (en su versión japonesa,  muy extendida) o cuqui – de la que forma parte el cup cake también suscita reacciones diversas. Por un lado, asistimos al éxito objetivo de marcas de diseño de lo mono, desde la japonesa Sanrio que lleva décadas vendiendo productos de la línea Hello Kitty, hasta la británica Cath Kidston, cuyas telas y accesorios de estampados florales neo-victorianos han desembarcado recientemente en España (y cuyas ventas, por cierto, también han crecido exponencialmente con la crisis). Por otro lado, podemos considerar la polémica que se desató el año pasado en Berlín cuando una empresa de entretenimiento instaló una casa de muñecas gigante rosa en el centro de la ciudad, la Barbie Dreamhouse, en cuya cocina, también rosa, los más pequeños podían deleitarse horneando cup cakes virtuales. La manifestación de Femen que se produjo en el lugar – incluyendo la quema de Barbies sobre cruces – fue la expresión extrema de un descontento más generalizado de aquellos que veían en la mansión de Barbie un monumento a la misoginia y una apología de las niñas y mujeres como sujetos exclusivamente bellos y domésticos.

Además de símbolo de la domesticidad ideal, los cup cakes son seña de una época de recesión. En un contexto de paro y ausencia de perspectivas como el que vive actualmente España, el hogar, la cocina, se vuelve una manera de escaparse de la realidad, refugiarse en lo conocido, entretenerse y, finalmente, consolarse con el placer que proporciona el dulce. La pasión por el cup cake en nuestro país forma parte de un culto más generalizado por lo gastronómico, alimentado por la inusitada presencia mediática de chefs famosos y programas como MasterChef y Pesadilla en la cocina, y el descubrimiento y entusiasmo recientes (en comparación con otros países) por otras tradiciones culinarias ajenas a la española. El boom mediático de la alta cocina comenzó antes de la crisis, pero se ha visto impulsado por la necesidad de comer más en casa que fuera y la voluntad de emular los menús de los restaurantes que nuestros bolsillos no nos permiten seguir frecuentando. Consecuencia de ello son también dos aspectos que van de la mano: el creciente interés por la cocina entre muchos varones y la mayor profesionalización de esta actividad con la aparición de institutos y escuelas de cocina. Está por ver si la presencia masculina y el renovado estatus de la cocina se mantienen después de la crisis y si el cambio afecta a la repostería concretamente. Hasta ahora, la mayor parte de las pasteleras y, sobre todo, cupcakeras son mujeres. La habitual apariencia ‘encantadora’ (o cursi) de estos pastelitos no apela supuestamente de igual modo a los hombres que a las mujeres. (Aunque desde hace un tiempo existen los cup cakes de estética y sabores masculinos de la mano de David Arrick, abogado neoyorquino convertido en pastelero. Rombos y cuadrados sustituyen a las flores y los motivos frutales; marrones y verdes, a los tonos pastel.)

Más pequeño que una tarta, pero colorido y generosamente decorado, el cup cake es, en todo caso, una síntesis perfecta de la austeridad con la que estamos obligados a vivir y la necesidad de seguir consumiendo glamur. Fetiche de una sociedad conservadora próspera en los años 50, lo es ahora de una sociedad neoliberal en crisis. No es difícil imaginar a los oligarcas de las finanzas globales parafraseando la expresión atribuida a Maria Antonieta en vísperas de la revolución francesa: “Que coman cup cakes”.

Olivia Muñoz-Rojas

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