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O.M-R. – Hace apenas ocho meses, el 11 de enero pasado, líderes europeos y de otros continentes marchaban en París unidos en defensa de la libertad y contra toda forma de terror tras los atentados yihadistas cometidos el 7 y 8 de enero en la capital francesa. En una jornada sin precedentes, Hollande recibía en el Elíseo a un nutrido grupo de representantes nacionales e internacionales. En los medios circularon fotos insólitas: casi dos millones de ciudadanos marchando en silencio por las calles de París; adversarios políticos históricos, como el primer ministro israelí y el presidente de la Autoridad Palestina, manifestándose juntos; la canciller alemana Angela Merkel reclinada sobre el hombro del Presidente francés, en actitud grave y solemne… El espíritu del 11 de enero, como lo definió la clase política francesa, pareció borrar momentáneamente las diferencias políticas e ideológicas en el país galo, en Europa y más allá de las fronteras del continente. Hubo quien cuestionó esta respuesta unitaria por su carácter desproporcionado en comparación con la reacción que suscitan las muertes de cientos y miles de personas a manos de organizaciones yihadistas en otras partes del mundo. Sin embargo, el sentimiento general era de unidad frente a la barbarie: Europa parecía recuperar su lugar simbólico como faro universal de la paz, los derechos y las libertades, y una parte considerable del mundo se congratulaba de ello.

Dos semanas después de la marcha de París, Syriza ganaba las elecciones en Grecia con la promesa de acabar con la austeridad en el país heleno. El nuevo ejecutivo, con el primer ministro Alexis Tsipras a la cabeza, iniciaba una nueva ronda de negociaciones con el Eurogrupo para hallar un acuerdo sostenible para la economía helena en el seno de la Eurozona. A lo largo de los meses siguientes, hubo, en realidad, escasos avances, mientras que la exasperación se apoderaba tanto de los acreedores como del ejecutivo griego, por razones distintas, precipitando los acontecimientos hacia un desenlace que supondrá mayor sufrimiento para la población griega. Como trasfondo de la crisis griega, y a veces robándole el primer plano, la llegada continuada de miles de solicitantes de asilo a las costas griegas e italianas procedentes, sobre todo, de Oriente Medio generó un intenso y, para muchos, vergonzoso debate en el seno de la Unión Europea sobre las cuotas de refugiados que debían corresponder a cada país. En las últimas semanas la crisis migratoria ha acaparado los titulares con fotografías y testimonios cada vez más espeluznantes. El drama ya no se limita al Mediterráneo y se extiende al corazón de Europa. Eso sí, la fijación con los números y la insensibilidad para con las vidas humanas que estas cifras representan siguen caracterizando la respuesta de muchos gobiernos europeos – a pesar incluso de lo irrisorio de estas cifras en comparación con las que manejan países como Turquía, Jordania y Líbano que llevan años recibiendo desplazados de las guerras de Siria, Irak y Afganistán.

'Trauernde Frauen' (Mujeres en duelo) de Koloman Moser, c1913. (Wikimedia Commons)

‘Trauernde Frauen’ (Mujeres en duelo) de Koloman Moser, hacia 1913. (Wikimedia Commons)

 

En cuestión de meses, el encomiable espíritu de defensa de la libertad que tantas odas recibió a principios de año y que tanta admiración suscitó fuera del continente parece haberse esfumado por completo. Tenemos en Europa varias heridas abiertas y la sensación incómoda de que la Unión Europea, sus miembros, se han quitado las caretas: detrás hallamos una lógica político-ética basada en el prurito legalista-contable que, en su máxima expresión, no deja lugar ni a la contestación (como puso de manifiesto la reacción ante el referéndum griego) ni a la compasión (como lo demuestra la falta de una respuesta coordinada y solidaria con los refugiados) e imposibilita cualquier negociación constructiva para el largo plazo.

¿Acaso lo único que puede mantener unida a Europa es la amenaza del terrorismo yihadista?

En un artículo sobre la sociología del conflicto de 1903, Georg Simmel explicaba algo que puede parecer obvio: ante la existencia de un enemigo común, incluso los enemigos más acérrimos son capaces de coaligarse. Para el sociólogo alemán, cuanto más diversos son los elementos a unir en un grupo, menor es el número de intereses en los que coinciden, reduciéndose en el caso extremo al impulso más primitivo, el instinto de supervivencia. Por ello, sugería Simmel, puede resultar políticamente sagaz contar con un enemigo común en el caso de un grupo diverso y de intereses heterogéneos. ¿Es este el caso de la Unión Europea?

Muchos de nosotros queremos pensar que Europa puede permanecer unida por su amor a la libertad, la igualdad y la fraternidad y no porque existe un enemigo común. Sin embargo, conviene recordar que esa Europa libre, justa y solidaria que hemos conocido en décadas anteriores constituye una experiencia relativamente breve, precedida de dos guerras mundiales. Guerras en las que, como en casi todos los conflictos, tan sólo el enemigo común (primero los Imperios centro-europeos y luego el nazismo) logró aliar a potencias europeas históricamente enfrentadas como Francia y Reino Unido. A día de hoy hacen falta grandes y urgentes dosis de liderazgo, pedagogía y memoria para recordar de dónde venimos, defender el fragilizado proyecto y espíritu europeos y recuperar una visión positiva y a futuro del mismo. Esta reivindicación no es nueva (¡cuántas páginas no se habrán escrito sobre la necesidad de trabajar por una unidad política europea y forjar una identidad común!) Tampoco quiere decir que la amenaza yihadista no sea real y que no constituya un enorme reto para los gobiernos y sociedades europeas. Pero el matiz entre defendernos de algo y defender algo es importante. En el primer caso, el motor tiende a ser el miedo y la respuesta es retraernos y aislarnos. En el segundo, nos mueve la convicción de que defendemos algo que vale la pena y la respuesta es tratar de convencer a otros de que eso que defendemos es deseable para la sociedad en su conjunto.

Olivia Muñoz-Rojas

El Correo publicó este artículo en su sección de opinión el 12 de septiembre de 2015.

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