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O.M-R. – Una de las reacciones recurrentes en las redes sociales tras los atentados perpetrados en París el pasado viernes 13 ha sido la indignación ante el hecho de que la comunidad internacional no se conmocionara del mismo modo con los atentados suicidas cometidos en Beirut dos días antes o los que tuvieron lugar en la Universidad de Garissa en Kenia el pasado abril: que nadie tiñera su perfil de Facebook con la bandera libanesa o keniana, que no se proyectaran sus colores sobre los edificios públicos de las diferentes capitales del mundo, que no se organizaran actos de homenaje y se encendieran velas por las víctimas, etc.

Recuerdo que cuando investigaba para mi tesis doctoral y recababa material acerca de los bombardeos sobre Barcelona durante la guerra civil española, tuve la sensación de que había cierto fastidio por el hecho de que todo el mundo conociera el bombardeo de Gernika y, sin embargo, no se conocieran los de Barcelona en donde perecieron más personas. Mi respuesta mental era sencilla: si Picasso hubiera pintado el ‘Barcelona’ en lugar del  ‘Guernica’, es probable que el mundo conociera los bombardeos de Barcelona, y Barcelona se habría convertido en el mismo símbolo de la barbarie fascista en que se convirtió Gernika en nuestro imaginario colectivo global.

Café de la Paix, Paris, 1911. (Bibliothèque nationale de France. Copyright: domaine public.)

Café de la Paix, Paris, 1911. (Bibliothèque nationale de France. Copyright: domaine public.)

París es, ahora mismo, símbolo de la barbarie yihadista. Y lo es porque, como se ha dicho tantas veces, París trasciende a la ciudad misma, Francia y los franceses. Representa unos valores y una forma de entender la vida que son producto de una historia particular y, en especial, de la huella que han ido dejando en ella pensadores, artistas, escritores y gentes de todas partes del mundo. Ese París imaginado, romántico y cosmopolita, va más allá de la realidad cotidiana de los parisinos, de todos aquellos que vivimos y trabajamos aquí, sea por unos meses, unos años o toda la vida. París nos pertenece a todos, también a aquellos que no la han visitado, pero que sueñan con hacerlo. De ahí el sentimiento de tragedia global.

Comparar es un acto reflejo humano. Sirve para tomar conciencia de una situación en relación con otras que hemos experimentado y situarnos en un determinado contexto. Normalmente, nos ayuda a acercarnos a esa situación y entenderla mejor. Comparar también sirve para distinguir entre situaciones y resaltar sus diferencias. Esto, a su vez, puede ofrecer la posibilidad de denunciar injusticias, incluida la desigual atención mediática que reciben unos y otros atentados según donde tienen lugar. Pero conviene elegir el momento. Denunciar que no todas las tragedias se tienen en cuenta de igual modo en pleno duelo y poner en cuestión lo justo de ese duelo no genera necesariamente el tipo de sentimientos colectivos – solidaridad,  unidad, afecto – que precisamos más que nunca para combatir las consecuencias de los ataques yihadistas, aquí y en todo el mundo.

Olivia Muñoz-Rojas

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2 thoughts on “Comparaciones inquietantes

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