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O.M-R. [Este artículo se publicó originalmente en Clarín el 13 de abril de 2018.] ¿Quo vadis Europa? es el título de numerosas ponencias y libros que cuestionan críticamente el presente del continente o especulan sobre su futuro con pronósticos cada vez más reservados. Pocos niegan la crisis en que está sumida la Unión Europea y con ella Europa. Sólo falta perspectiva histórica para saber dónde situar el momento en que las cosas comenzaron a torcerse para el Viejo Continente y cuándo la tendencia se hizo quizá, y por un tiempo, irreversible. Algunos dirán que el declive empezó con la caída del Muro de Berlín y la atropellada integración de los países del exbloque soviético. Otros apuntarán a la guerra de los Balcanes que la flamante Unión no logró detener. Aún otros señalarán la solución que se dio en 2015 a la crisis griega como la estocada final al proyecto europeo de democracia y bienestar social, la crisis de los refugiados ese mismo año como último desvanecimiento del espíritu de solidaridad de posguerra, o el Brexit como el primer paso hacia el abismo.

Sala de Plenos del Consejo de Europa, Palacio de Europa, Estrasburgo (2014). Autor: Adrian Grycuk (Wikimedia Commons)

Los indicios de una regresión europea se alternan con tenues centellas de esperanza, de momento, de orden más bien retórico. Sucede así con el poderoso discurso europeísta del presidente francés Emmanuel Macron de septiembre pasado. Éste no se ha traducido aún en ninguna medida concreta. Es apenas en estas semanas cuando Macron y la reelegida canciller alemana Angela Merkel empiezan a hablar de una nueva ‘hoja de ruta’ europea. Al mismo tiempo, vemos como términos que creíamos desterrados del vocabulario político europeo regresan: ‘traición’, ‘represalias’, ‘exilio’… Una alocución de Viktor Orbán, reelegido primer ministro húngaro por tercera vez consecutiva el pasado 8 de abril con amplia mayoría, contiene lo que diversos analistas han interpretado como una amenaza de represalias contra los partidos y (escasos) medios que se oponen a su gobierno y ‘traicionan a la patria’. Orbán lleva casi una década alimentando la xenofobia y defendiendo una ‘democracia iliberal’ en el seno de la Unión Europea con una terminología, a menudo, deliberadamente confusa.

La reacción de las instituciones y líderes europeos ante este episodio y otros análogos que atentan contra los principios más básicos de la Unión es hasta ahora tibia. Ocurre también con la ostensible manipulación de la historia en la que tanto el gobierno húngaro como el polaco se han embarcado para desvincular sus pasados del nazismo y, en el caso de Hungría, presentarse como país víctima del Tercer Reich en lugar de colaborador activo en las deportaciones de judíos.

El complejo conflicto catalán también ha hecho preguntarse a algunos analistas sobre la calidad democrática de las instituciones españolas y la madurez democrática de una sociedad que parece mayoritariamente cómoda en la lógica frentista y penal. La discusión acerca de si los líderes independentistas que han abandonado el país son fugados o exiliados, o si los que están en prisión son políticos presos o presos políticos, es, cuando menos, reveladora del deterioro del debate público en aquel país.

Incluso en las democracias que suponemos más asentadas, como Francia y Reino Unido, las señas de retroceso son alarmantes. No se puede obviar que uno de cada tres votantes franceses apoyó a la extrema derecha del Frente Nacional en la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales. O que, desde el Brexit, muchos denuncian el hostigamiento institucional que sufren los residentes extranjeros en Reino Unido, en cuyas calles se multiplican además los episodios xenófobos espontáneos – ya no sólo contra las minorías étnicas, sino contra los europeos ‘blancos’.

La ignorancia de unas sociedades europeas respecto de otras y la falta de sensibilidad y solidaridad entre ellas es, en los últimos tiempos, palmaria. Si bien lo que sucede en un país de la Unión sigue afectando a los demás: cuando un país miembro viola los derechos y libertades que fundamentan el proyecto europeo sienta con ello un precedente institucional. Si la condena y las sanciones previstas por la Unión no son rotundas, se va instalando un clima de impunidad cada vez más difícil de revertir.

Sin un cuarto poder europeo, esto es, unos medios de comunicación plurilingües que informen críticamente a la ciudadanía europea y vigilen a los diferentes Estados miembros, los gobiernos son capaces de normalizar discursos y prácticas al interior de sus países que se alejan del acervo europeo, aislando y replegando sobre sí mismas a sus respectivas opiniones públicas nacionales. De poco sirve que una gran minoría de europeos viva, en la práctica, una realidad transnacional, si ninguna institución se hace eco de este tipo de experiencias.

¿Hacia dónde va Europa entonces? Hace un año el presidente de la Comisión Europea presentaba al Parlamento Europeo cinco escenarios a partir de los cuales debatir el futuro de la Unión: continuar como hasta ahora; volver a ser exclusivamente mercado único; permitir a los miembros que quieran avanzar más hacerlo; hacer menos todos juntos, pero de manera más eficaz; o hacer mucho más juntos. Alguien señaló entonces que lo que parecía una iniciativa constructiva era, por el contrario, la demostración de que la Unión no sabe hacia dónde va Europa.

Olivia Muñoz-Rojas

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