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*O.M-R. – Podríamos llamarlo ginotopías, lugares imaginarios en los que no existen los hombres, las mujeres dominan o acaban imponiéndose o en los que mujeres y hombres son, sencillamente, iguales. El contrapunto de las ginotopías serían las distopías feministas, universos en los que las mujeres sufren y son sometidas (todavía más que en la realidad). La ficción feminista no es nueva y existe desde la Antigüedad – pensemos en Lisístrate de Aristófanes – pero es fácil vaticinar un auge de este género en los próximos años a partir del profundo cambio de paradigma en las relaciones de género que estamos viviendo. El arte, en este caso la literatura y el cine, siempre ha sido un medio con el que estimular el cambio de mentalidades y patrones sociales. Invitar al lector o al espectador a imaginar otros mundos y a imaginarse en ellos puede tener un impacto mayor sobre su conciencia que un discurso político o una explicación teórica sobre las ventajas de transformar la sociedad.

Cubierta de Herland de Charlotte P Gilman (edición de 1979). Wikimedia Commons

La proyección negativa de la desigualdad de género es hasta ahora más prolífica. Dan fe de ello novelas como El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood y su reciente y exitosa readaptación a la pantalla en la serie homónima de Hulu, Future Home of the Living God (2017) de Louise Erdrich o la propia Bellas durmientes (2018) de Stephen y Owen King. Quizá es más fácil imaginar mundos peores que mejores. Por eso, las sociedades matriarcales ideales imaginadas por Charlotte P. Gilman en Herland (Dellas) (1915) o Sally Miller Gearhart en The Wanderground (1979) resultan tan excepcionales. En la primera, las mujeres se reproducen por partenogénesis, predomina entre ellas la bondad y el respeto, cuidan colectivamente de su descendencia y viven en armonía con su entorno natural. Miller Gearhart imagina también a sus ‘mujeres de la colina’ en armonía con la naturaleza y capaces de comunicarse telepáticamente entre ellas y con los animales. El poder (2018) de Naomi Alderman, donde las mujeres desarrollan repentinamente la capacidad letal de transmitir electricidad a través de sus manos, se sitúa quizá entre ambos géneros. Si bien las mujeres logran en gran medida revertir el patriarcado gracias a su poder eléctrico, ello sucede tras años de violenta lucha contra la cruel resistencia que interponen los hombres para no perder sus privilegios y no termina por traducirse necesariamente en sociedades igualitarias.

¿Debemos concluir que la utopía de las mujeres es sinónimo de distopía para los varones? En el cortometraje Mayoría oprimida (2010) la actriz y realizadora francesa Éléonore Pourriat invierte los papeles de hombres y mujeres en la sociedad actual. Su protagonista, Pierre, se enfrenta a situaciones que son cotidianas para muchas mujeres: mientras empuja el carrito con su hijo pequeño se cruza con una mujer haciendo jogging con el torso desnudo, le silban en la calle y, tras dejar a su hijo con el hombre que lo cuida durante el día (un hombre de origen musulmán, sin vello facial y con la cabeza cubierta), un grupo de mujeres le agrede sexualmente. La agresión continúa en la actitud displicente de la policía que le atiende en la comisaría donde trata de poner una denuncia. El efecto es potente y grotesco. No sorprende que Netflix le propusiera a Pourriat realizar un largometraje con la misma temática. Je ne suis pas un homme facile, ambientado en París, se estrenó este año. Su protagonista, Damien, un cuarentón ligón y misógino, despierta en una sociedad dominada por las mujeres, en las que los hombres se responsabilizan de las tareas domésticas, ocupan rangos inferiores en el mundo laboral, visten mini-shorts y piernas depiladas y deben aceptar pacientemente y con una sonrisa su papel secundario. Es también una sociedad en la que los masculistas comienzan a organizarse para reivindicar mayor igualdad ante la sorna y el desprecio de las mujeres. Damien conoce a Alexandra Lamour, su alter ego: una célebre escritora, egocéntrica, misandrista y rompecorazones. Entre ellos comienza una relación de final incierto.

La ficción feminista orientada a los adultos es, desde luego, importantísima, pero aquella destinada a la infancia lo es quizá todavía más. Desde ejemplos ya clásicos como el personaje de Pippi Calzaslargas, una niña diferente en todos los sentidos, imaginado por la autora sueca Astrid Lindgren por primera vez en los años 1940, hasta películas de animación recientes como Cars 3 en las que el universo infantil de los coches, tradicionalmente masculino, incorpora a un coche corredor mujer como protagonista son esenciales para la construcción de un mundo en donde hombres y mujeres disfrutan de las mismas oportunidades. Cruz Ramírez, mujer y latina, que co-protagoniza la última entrega de Cars y toma el relevo de Rayo McQueen, no se convierte en corredora ganadora de la noche a la mañana, sino tras superar el persistente rechazo de otros corredores y sus patrocinadores y, sobre todo, el obstáculo que supone su propia inseguridad. Estamos ante una ficción realista que alienta el espíritu de equipo entre mujeres y hombres. ¿Acaso la utopía más deseable?

Olivia Muñoz-Rojas

*Este texto se publicó originalmente en el suplemento Babelia de El País el 2 de junio de 2018.

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