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*O.M-R. – “Quiero que hablen de racismo todos los días… si la izquierda está centrada en la raza y la identidad y nosotros apostamos por el nacionalismo económico, podemos machacar a los Demócratas”, dijo Steve Bannon, el estratega de Trump, el año pasado en unas sonadas declaraciones que recogieron varios medios. Con el triunfo de los populismos de derechas en América y Europa regresa al debate público la contraposición entre clase social e identidad o, dicho de un modo más gráfico, entre desigualdad económica y discriminación por razón de raza, etnia y/o género. De fondo, una hipótesis o una acusación: La izquierda se ha olvidado de la clase social como categoría de análisis y la ha sustituido por la de identidad, abrazando las causas de las grandes minorías raciales, étnicas y sexuales. Con ello ha contribuido a instaurar una lógica identitaria que ha relegado la lucha contra la desigualdad económica a un segundo plano y ha terminado por reforzar el neoliberalismo y servir a los intereses de la extrema derecha. Surgen varias preguntas. ¿Qué prima más en el votante populista de derechas, la xenofobia o el rechazo a la globalización económica? ¿Es posible desligar ambas categorías, esto es, la clase social de, por ejemplo, la identidad racial? ¿Acaso el concepto de clase trabajadora no se plantea, a su vez, como sinónimo de una cierta identidad?

“Es como si hubiéramos perdido el lenguaje para hablar de la pobreza, la relativa; de lo que significa vivir en circunstancias que dificultan poder tan siquiera soñar con algo mejor”, escribe Malin Ullgren en el diario sueco Dagens Nyheter tras el aumento exponencial de votos al partido de ultraderecha, Sverigedemokraterna, en las elecciones generales del pasado 9 de septiembre en aquel país. En lugar de aceptar condescendientemente la xenofobia como algo inevitable en los sectores desfavorecidos, se deberían combatir las causas de ese desfavorecimiento, argumenta Ullgren. Para otros analistas, la xenofobia y el racismo deben considerarse fuerzas movilizadoras independientes. Kristina Lindquist alude a un racismo intrínseco y señala las estadísticas que demuestran que “lo que caracteriza a los votantes de Sverigedemokraterna son, precisamente, sus actitudes xenófobas”.

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Trabajadores de la empresa SAGA Food Services del servicio de comidas de la Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill, protestan por sus condiciones de trabajo y empleo a finales de los años 1960. (Wikimedia Commons)

 

En España, un artículo firmado por antiguos líderes del partido comunista ha suscitado enorme revuelo por aplaudir el carácter progresista de determinadas políticas fiscales y sociales del nuevo gobierno italiano, ignorando, se dice, su encaje en un programa político xenófobo y reaccionario. Los autores se defienden del “elitismo intelectual” que no asume “que detrás del gobierno italiano hay un ejército de perdedores que salieron con los huesos rotos de la globalización y las políticas de austeridad europeas”. Y, aunque reconocen que “hay, por supuesto, divergencias y contradicciones, como la política migratoria de Matteo Salvini”, esgrimen, “la contradicción…entre los partidarios de la globalización neoliberal y aquellos que, con más o menos conciencia, defienden la soberanía popular y la independencia nacional y apuestan por la protección, la seguridad y el futuro de las clases trabajadoras” (énfasis añadido).

En Francia, intelectuales como Jean-Loup Amselle denuncian desde hace tiempo la política de identidad o el abandono del universalismo republicano y la lucha de clases en favor de una fragmentación de la sociedad en comunidades étnicas y culturales que defienden sus propios intereses. Para Amselle, el pensamiento crítico postmoderno es cómplice de esta deriva que pone al individuo por delante de lo social. “En una suerte de efecto boomerang, la aparición en el seno del espacio público de minorías étnico-culturales y raciales ha provocado [en Europa] el reforzamiento de la identidad “blanca” y cristiana”, escribe Amselle. Su compatriota, el filósofo Didier Eribon, matiza esta visión, preguntándose si el desplazamiento de la lucha de clases como discurso hegemónico de la izquierda, “no fue condición necesaria para poder pensar políticamente sobre mecanismos de sometimiento racial, sexual y de otro tipo”. Y, en cualquier caso, concluye Eribon, “¿por qué deberíamos tener que escoger entre diferentes luchas contra diferentes formas de dominación?” Sostiene Asad Haider en Mistaken Identity: Race and Class in the Age of Trump (2018) que todas las luchas tienen un mismo adversario: el sistema capitalista. De él y sus orígenes imperialistas emanan todas las formas de dominación que conocemos en la actualidad. Mientras no se tome conciencia real de ello, sugiere el autor, no se lograrán erradicar las diferentes expresiones de dominación capitalista que estructuran nuestras sociedades.

El debate es complejo. Si bien parece difícil negar que una parte sustancial de la izquierda política ha mostrado creciente connivencia con el sistema neoliberal, algunos se preguntan si, tanto en el discurso de la extrema derecha abiertamente intolerante, como en el de la izquierda que clama contra la identidad en aras de lo social, no se esconde la misma tentación de incidir en la dicotomía clase/identidad con el fin de preservar los privilegios del colectivo hasta ahora dominante, esto es, los varones blancos heterosexuales.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de opinión de Clarín el 26 de octubre de 2018 con el título “‘Izquierdas” y “derechas”: la lucha de las identidades’.

 

 

 

 

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