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*O.M-R. –Desde el diario argentino Clarín se me pidió hacer balance de un año de pandemia en Europa y, lamentablemente, mi reflexión dista de ser optimista. Siempre conservo la esperanza de que, o bien mi preocupación por el futuro sea exagerada o que, efectivamente, se produzca un cambio de estrategia pública por una más plural y orientada al largo plazo.

Ras le bol”, “hasta la coronilla”, escuché cómo le decía, a través del cubrebocas, una mujer de unos sesenta años a otra con la que se cruzaba y que le preguntaba cómo estaba. La expresión resume bien el sentimiento imperante en París –posiblemente, en toda Francia e incluso en buena parte de Europa– después de un año de pandemia y duras restricciones sanitarias. Desde finales de octubre pasado, todos los museos, teatros, cines, cafés, bares y restaurantes, así como todos los centros deportivos y de ocio, y, desde enero, también los centros comerciales, permanecen cerrados en el país galo hasta nueva orden. Al segundo confinamiento domiciliario que tuvo lugar el otoño pasado –en el que las escuelas pudieron permanecer abiertas–, siguió un toque de queda a partir de las seis de la tarde. Desde el 19 de marzo, rige un nuevo confinamiento, menos estricto que los anteriores, en los departamentos con más contagios.**

El balance de un año de pandemia en Europa es sombrío tanto en términos de enfermos y fallecidos por el Covid como de daños económicos, sociales y mentales causados por las restricciones sanitarias. Nadie está satisfecho con las medidas restrictivas para frenar los contagios: ni los sanitarios que desearían que fueran todavía más duras para no ver los hospitales (públicos) desbordados por esta tercera ola, ni el común de los ciudadanos que sobrevive desde hace meses a la deriva en un mundo sin contacto, sin horizonte, en muchos casos, sin trabajo y sin perspectiva de encontrarlo, y privado de los placeres más sencillos de la vida. La vacunación, esa gran promesa de retorno a la que seguimos considerando una vida normal, presenta más aristas de las que muchos esperaban. Junto al esperanzador descenso de número de fallecidos en las residencias de ancianos, las primeras en recibir las vacunas, surgen nuevas variantes del virus, algunas más contagiosas y otras presuntamente resistentes a las vacunas disponibles. En las últimas semanas, se suceden, asimismo, las alertas sobre los efectos no deseados, incluso letales, de determinadas vacunas. Varios países han procedido a suspender cautelarmente su uso, retrasando con ello sus objetivos de vacunación. Si para algunos se trata de un exceso de celo de las agencias nacionales del medicamento que deberían asumir que los efectos adversos son, proporcionalmente, insignificantes respecto de los beneficios de la vacunación; otros especulan con la posibilidad de que sean laboratorios o potencias rivales los que estén detrás de las informaciones sobre estos efectos. A pesar de la incertidumbre sobre la eficacia y la seguridad de las vacunas que estos contratiempos generan, todo indica que, como ciudadanos, no tendremos otra opción que vacunarnos. La apuesta de los Gobiernos para salir de la crisis sanitaria es la vacuna y se habla ya de pasaportes vacunales para poder viajar dentro de Europa este verano.

‘De dos XXXXV’, Jacques Bodin, 2016. (Wikimedia Commons)

Más allá de los dilemas éticos y jurídicos que entraña dicho pasaporte, lo que induce a muchos ciudadanos a la desesperación un año después del inicio de la pandemia es la ausencia de estrategias alternativas o, al menos, complementarias a las restricciones sanitarias y la vacuna. Se habla poco sobre qué tratamientos, además de la vacuna, se están desarrollando contra las formas graves de la enfermedad. Tampoco parece considerarse una ampliación de las capacidades hospitalarias y la creación, por ejemplo, de sistemas de formación, reclutamiento y movilidad de personal sanitario a nivel europeo para responder a nuevas olas. Se escucha poco sobre nuevas tecnologías y protocolos para hacer más seguros los espacios colectivos interiores y poder reabrirlos. Apenas se discuten medidas de prevención para mejorar la salud y la calidad de vida de aquellos colectivos más vulnerables al virus. Pues, si bien el Covid en Europa se ceba, fundamentalmente, con los mayores, también, como otras enfermedades infecciosas, se contagia con mayor facilidad entre personas de menores recursos que ejercen profesiones de gran exposición al público y habitan lugares hacinados donde resulta más difícil respetar las normas de higiene. Algunos expertos mantienen que, a estas condiciones de precariedad, van asociadas condiciones como la obesidad, la diabetes y las enfermedades respiratorias crónicas que interactúan negativamente con el virus. Considerando las cantidades ingentes que el Estado francés, y Europa, en general, están invirtiendo en mantener a flote sectores enteros de la economía que llevan en modo de espera, prácticamente, un año; es legítimo preguntarse si esas mismas sumas, o una parte de ellas, no podrían invertirse en desplegar estrategias de contención del virus más plurales, constructivas y orientadas al largo plazo.

Pienso a menudo en lo ambiciosa, audaz y resuelta que fue la reconstrucción del continente europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Ojalá viéramos, de nuevo, ese espíritu y esa capacidad de acción. De lo contrario, me temo, sucumbiremos a sus contrarios: la resignación, la pasividad y la morosidad. Pues, ceteris paribus, sin una estrategia a largo plazo, podría ser que, dentro de exactamente un año, nos encontremos, desafortunadamente, en la misma o una situación peor que hoy.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Clarín el 27 de marzo de 2021.

**A partir del 3 de abril, estas medidas se extienden al conjunto de Francia y, a partir del lunes 5 de abril, los colegios cierran por, al menos, tres semanas.

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