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Kiosco de prensa parisino, enero 2015. Foto: O. Munoz-Rojas

Kiosco de prensa parisino, enero 2015. Foto: O. Munoz-Rojas

 

O.M-R. – Ha pasado poco tiempo y ya se han vertido ríos de tinta sobre el ataque del 7 de enero contra la revista Charlie Hebdo. Falta aún perspectiva y uno lucha por posicionarse ante los acontecimientos de una manera sensible y coherente con sus valores, abrumado por la maraña de conceptos y argumentos que circulan en medios y redes. Para quienes hemos vivido en ciudades en las que se han producido atentados terroristas – Nueva York, Madrid y Londres, y ahora París – y pudimos asistir a la marcha republicana del 11 de enero, al miedo y la confusión de los primeros momentos, siguió la emoción de participar de una reacción masiva, diversa, pacífica, quizá sin precedentes,  en una época de crisis y desafección política. En concreto, por razones logísticas y de diseño urbano, la marcha de París difícilmente hubiera podido tener lugar en cualquiera de las otras tres ciudades.

El primer concepto que se ha puesto sobre la mesa estos días es el de libertad de expresión. Muchos entienden el ataque contra Charlie Hebdo como un ataque al derecho a expresarse libremente, fundamental en una democracia. Como con todo derecho, surge la pregunta de dónde está su límite. Numerosos intelectuales, especialmente en el mundo anglosajón, han apelado a la responsabilidad y la madurez en su ejercicio. Sugieren, más o menos explícitamente, que la redacción de Charlie Hebdo ha actuado de manera irresponsable al publicar dibujos que sabían pueden herir la sensibilidad de los miembros de un colectivo, el musulmán, que actualmente sufre muestras de incomprensión y rechazo en las sociedades occidentales y se encuentra, por tanto, en situación de desventaja.

Es más, explican algunos, el concepto de sátira se ha interpretado históricamente como el ejercicio de mofarse de los poderosos y apoyar a los más débiles, y no al contrario. Algunos van más allá y tildan a Charlie Hebdo de islamófoba y orientalista, de reforzar una visión maniquea del mundo entre Occidente (bueno) y Oriente (malo) e incitar incluso al odio racial. Varios miembros de su redacción se han defendido de estas acusaciones, tanto antes como después del atentado. También han circulado portadas y dibujos de la revista que muestran que la mordacidad laicista de Charlie Hebdo tiene a todas las creencias e ideologías por blanco. En rigor, sólo un examen exhaustivo del contenido de sus páginas a lo largo del tiempo permitiría un debate realmente informado acerca de su línea editorial. Sin esa labor de investigación y difusión, la cual corresponde en primera instancia a académicos e intelectuales, pero también a los medios de comunicación; muchos continuarán juzgando al semanario satírico del mismo modo sesgado que los terroristas e interpretarán lo que estamos viviendo a partir de esa percepción limitada.

Pero aun arrojando luz sobre la línea editorial de Charlie Hebdo no se resolverá la cuestión acerca de cuál es el límite a la libertad de expresión y cuál es el papel de la sátira. El contenido real de nuestros derechos y libertades democráticas está en constante negociación y responde a las preocupaciones y necesidades de cada sociedad y el momento histórico en el que se encuentra. En este sentido, es importante recordar que Francia es una república laica. En ella no se reconoce el delito de blasfemia y el Estado basa exclusivamente en los derechos humanos su arbitraje de la convivencia entre las diferentes comunidades y confesiones. En todo caso, es claro que el respeto hacia el otro, la tolerancia de ideas y opiniones contrarias a la mía, son prerrequisito para cualquier negociación constructiva del contenido real y cambiante de nuestros derechos y libertades.

Tolerancia es otro de los conceptos más repetidos estos días y probablemente uno de los más difíciles de ejercer en la práctica. Ver, escuchar o leer cosas que nos disgustan, por no decir que sentimos ofenden nuestras creencias más íntimas, es un reto enorme para cualquiera. Requiere de grandes dosis de generosidad y confianza en uno mismo y el género humano. La tolerancia es algo que se interioriza y, en gran medida, a base de la exposición repetida a aquello que, en un principio, nos contraría u ofende. Cualquier sociedad de arraigada tradición católica y fuerte presencia histórica del poder eclesiástico, incluyendo la española, lo sabe. ¿Quién se escandalizaría hoy en España ante una caricatura de Dios, Cristo o el Espíritu Santo en una revista satírica? Muy pocos. Pero no hace tanto que semejante caricatura hubiera sido impensable y las consecuencias de circularla en público fatales, tanto para sus autores como lectores.

El ejercicio repetido de la sátira – el humor inteligente, “la ironía militante” –  termina por humanizar cualquier creencia o ideología, incluso la más dogmática. Su ejercicio es algo a lo que todas las sociedades deberían aspirar como parte del ideal democrático. Muchos periodistas y caricaturistas en otras partes del mundo que trabajan amenazados y no disfrutan de la protección del Estado en el ejercicio de su profesión se han solidarizado con sus compañeros franceses – darían mucho por poder escribir y publicar en una sociedad como esta. El impacto de ver que hasta en un lugar privilegiado como Francia, con una larga tradición democrática e ilustrada, uno arriesga la vida por publicar determinadas caricaturas ha sido enorme. Ello explica también la conmoción de la ciudadanía internacional ante el ataque que, para algunos, ha sido desproporcionada en comparación con las reacciones a la devastación causada por los atentados yihadistas en otras partes del mundo.

Tenemos la oportunidad histórica de debatir estos conceptos y transmitir a nuestros líderes políticos cómo queremos que se interpreten y se apliquen en nuestras sociedades, crecientemente complejas y globalizadas, para que no se repitan tragedias como la de París. Y para evitar asimismo, como denuncian muchos, que se aproveche la amenaza yihadista para restringir estos mismos derechos y libertades en nombre de la seguridad nacional e internacional y se justifiquen intervenciones militares aquí y allá. El reto es grande y nos pone a prueba como ciudadanos, empezando por nuestro día a día, en nuestros encuentros e intercambios con aquellos que viven y piensan, o simplemente se visten, de manera diferente a la nuestra.

Estos días, en general, se ha respirado en París un clima más amable que de costumbre. Ojalá este espíritu de tolerancia y convivencia pacífica, que se manifestó con fuerza en la marcha del 11 de enero y que permeó en la clase política francesa – la cual ha hecho gala de una unidad excepcional ante la tragedia – permanezca más allá del tiempo de homenajes y duelo nacional y la atención mediática consiguiente. Y que trascienda fronteras. Por lo pronto, los kioscos de París exhiben solidariamente posters con la portada del primer número de Charlie Hebdo tras el ataque terrorista, la cual muestra a un hombre de barba y turbante, con una lágrima en el ojo,  sosteniendo un cartel de “Je suis Charlie” (Yo soy Charlie) bajo un letrero que dice “Tout est pardonné” (Todo queda perdonado). Una mezcla de irreverencia y ternura que no ha gustado a todos, pero que refleja el espíritu de Charlie Hebdo y la ausencia de rencor como condición indispensable para seguir conviviendo y seguir riendo.

Olivia Muñoz-Rojas

Una versión de este artículo se publicó en la sección de opinión de El Correo (edición impresa) el 22 de enero de 2015.

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One thought on “Todo queda perdonado

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