Home

* Cuando se publicó este artículo a principios de año, disfrutábamos aún del breve tiempo de silencio que sucedió a los ruidosos meses de campaña en torno al Brexit, la elección presidencial estadounidense, así como la formación de nuestro gobierno en España. El ruido no tardó en regresar a partir de los decretos y los tweets del recién estrenado presidente Trump. Más recientemente nos llega el alboroto de la accidentada campaña presidencial francesa  … Ahí queda, en todo caso, esta reflexión sobre el silencio, inspirada en la sensación de tregua que vivimos por unas semanas.

**O.M-R – El 2016 ha sido un año que muchos calificarían de ruidoso en lo social y político. Sin embargo, por unas semanas hemos vivido en clave de silencio; en tiempo de silencios, por evocar el título de la famosa novela de Luis Martín-Santos. Durante meses fuimos testigos de la virulencia verbal de la campaña en torno al referéndum sobre el Brexit y, seguidamente, de la de la campaña presidencial estadounidense. Junto a ambas campañas, asistimos al estrépito de las negociaciones para la formación de un gobierno en nuestro país y al ruido que ello ha ocasionado al interior de algunos partidos. Por mucho tiempo el foco de atención mediático fue la agresividad, la polarización y el volumen del discurso político. De repente, el debate viró hacia el silencio y la administración de éste: desde el estupor social causado por hecatombes políticas como la victoria de Trump en Estados Unidos hasta el silencio de Cuba ante la muerte de Fidel, pasando por el de líderes derrotados como Clinton o apartados de la vida política como Sánchez; y, finalmente, al hilo del fallecimiento de Rita Barberá, por si debe y dónde guardarse silencio tras la muerte de según qué figuras públicas. Si hay algo en lo que coinciden la mayor parte de pensadores es que nuestras sociedades contemporáneas ofrecen poco espacio para el silencio. Por ello llama la atención su repentino protagonismo.

‘El silencio’ de Odilon Redon (Wikimedia Commons)

Todo el espacio que el grueso de la sociedad contemporánea no dedica al silencio y sus matices, se lo dedican históricamente el arte y la literatura. Explican los lingüistas que la palabra ‘silencio’ deriva de los verbos en latín taceo y sileo. Si ambos significan ausencia de movimiento y ruido, el segundo se refería originalmente a personas y objetos inanimados como el mar y el viento, confiriéndole a la palabra su dimensión poética. En Histoire du silence (Albin Michel, 2016), el historiador francés Alain Corbin realiza una suerte de genealogía del silencio, incidiendo en sus múltiples facetas y significados a través de la obra de místicos, escritores y pintores; desde Santa Teresa hasta Caspar D. Friedrich. Corbin reivindica, después de todo, recuperar el silencio como valor y práctica en nuestras alborotadas vidas. Algo parecido, aunque con una orientación religiosa, hace el cardenal Robert Sarah en su también recientemente publicada La force du silence (Fayard, 2016).

El silencio practicado colectivamente es signo de recogimiento en casi todas las culturas y en el ámbito religioso va asociado, asimismo, al rezo. Pero el silencio puede denotar incapacidad de comunicación (por desconocimiento de una lengua, por ejemplo), temor o incluso castigo. En su polémica película Tystnaden (El silencio, 1963), Ingmar Bergman explora el silencio en cuanto imposibilidad de comunicación verbal y física, quizá superada tan sólo por la música (el arte), lenguaje universal. El silencio como expresión de temor es objeto del clásico estudio de Elisabeth Noelle-Neumann, La espiral del silencio (1977). En él, la politóloga constata el temor de las personas a expresar opiniones minoritarias y a buscar, por el contrario, alinearse con las de la mayoría. El ostracismo o distanciamiento y silencio impuestos a una persona o colectivo a modo de castigo tiene sus orígenes en la Antigua Grecia. En la democracia ateniense eran desterrados por un periodo de diez años aquellos ciudadanos que se consideraban potenciales amenazas para la polis.

Todas estas formas de silencio han sido apreciables y se conjugan en la esfera política. Junto a ellas, puede hablarse del silencio apocalíptico que sigue a un cataclismo, real o figurado. A veces, aunque no siempre, surge también en estas circunstancias un silencio constructivo, indispensable para digerir y reflexionar sobre lo acontecido. Al primero pertenecería el silencio de muchos británicos, incluidos los defensores del Brexit, atónitos ante un resultado por el que clamaban, pero en el que en el fondo no creían. O el silencio de Hillary Clinton y el propio Obama ante una derrota de la candidatura demócrata que no anticipaban. O el del mismísimo Trump, la noche de su victoria, aparentemente sobrepasado por una realidad que iba más allá de la telerrealidad a la que está acostumbrado. Muchos, por otra parte, querrán ver un silencio constructivo en el retraimiento de algunos líderes socialistas de nuestro país tras el traumático choque entre las bases y el aparato del partido. Finalmente, las muertes de Rita Barberá y Castro – salvando todas las distancias entre ambas – pusieron de manifiesto cómo el fallecimiento de un líder político puede ser causa de silencios disputados. Lo que para unos es motivo de homenaje para otros lo es de reserva, como lo puso de manifiesto Podemos ausentándose del Congreso durante el minuto de silencio convocado tras repentina muerte de la exalcaldesa de Valencia. También la muerte de un líder puede ser motivo de indiferencia o incluso, como veíamos entre el exilio cubano de Miami, celebración.

La polémica en torno a los minutos de silencio no es nueva ni exclusiva de nuestro país. Entre los ejemplos recientes está el caso de la Cámara de Representantes estadounidense tras la matanza del club gay de Orlando en junio pasado. Cuando el presidente de la Cámara llamó a un minuto de silencio, varios congresistas demócratas abandonaron la sala y, cuando concluyó el minuto, otros alzaron la voz para protestar por la negativa republicana a votar a favor del control de armas. Sorprende quizá que los homenajes en silencio constituyan una práctica relativamente reciente, registrada por primera vez en 1912 en las actas del Senado portugués con motivo de la muerte del entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, José Maria da Silva Paranhos Jr, personaje destacado de la época. Desde entonces la práctica se ha universalizado. Algunos medios, especialmente en Estados Unidos, hablan de un uso abusivo y contraproducente de los minutos de silencio por parte de nuestros representantes políticos. Pero hasta que alguien invente algo diferente, dicen los expertos en comunicación, los minutos de silencio se seguirán convocando. Y seguirán suscitando disputas proporcionales al tamaño de la personalidad y relevancia política del fallecido o a la complejidad de las causas de la tragedia conmemorada.

Tras las tormentas políticas vividas en los últimos meses en Occidente y frente a los temores consumados del Brexit, el triunfo de Trump (y, para muchos españoles, un nuevo gobierno popular), llegó, quizá inevitablemente, la calma. Agotada y afónica, una parte de la ciudadanía y la clase política enmudeció, buscando tregua… aunque fuera, brevemente. Pues el silencio en política, especialmente en democracia, al igual que el vacío de poder, no parece propenso a instalarse en el tiempo. Por eso, cuando se da, conviene aprovecharlo para respirar un poco, tomar perspectiva y repensar el enfoque de los desafíos.

**Este artículo se publicó originalmente en la sección de opinión de El País el 2 de enero de 2017.

Advertisements

Leave a Comment

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s