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O.M-R – [Artículo publicado originalmente el 8 de marzo de 2018 en la sección de opinión de Clarín. Tres semanas después, la revolución continúa. Quizá, eso sí, con algo menos bombo mediático…]

Denuncias masivas por acoso sexual, huelgas feministas globales contra la brecha salarial y la desigual distribución del cuidado y las tareas domésticas, campañas publicitarias que apuestan por ‘zonas libres de género’, cuadros que se retiran de museos por su contenido sexista, óperas que se reescriben por la misma razón… Estamos en medio de una revolución de las mujeres que es también una revolución de los sexos, pues no se puede redefinir el papel de la mujer sin redefinir el del hombre. Cada vez más mujeres sienten que ha llegado su hora. Claman, junto a algunos hombres, por acabar con el abuso sistemático de poder por parte de muchos varones, especialmente en el plano sexual, como lo atestigua el movimiento #MeToo. Buscan un nuevo equilibrio entre los sexos basado en un entendimiento profundo de la igualdad de género que viene a completar el inicio de la emancipación de la mujer, con su incorporación más sistemática al mundo laboral y público, hace ya más de medio siglo.

Como parte de este proceso, el feminismo ofrece unas gafas nuevas con las que mirar el mundo y ver cosas que antes no veíamos. Uno de los ámbitos sobre el que depositar esta nueva mirada es el arte que nutre y se nutre de nuestro imaginario colectivo desde hace milenios. Muchos son los que se han escandalizado por la retirada temporal del cuadro ‘Hilas y las ninfas’ de Waterhouse del Museo de Manchester, la petición de retirar la obra ‘Teresa soñando’ de Balthus del Met de Nueva York o ante la versión de la ópera Carmen de Bizet que presenta Leo Muscato en la que es Carmen quien mata a Don José. Perciben en estas acciones una manipulación puritana militante destinada a censurar la historia y cualquier forma de manifestación erótica. Si bien es difícil defender la censura y la iconoclasia en sociedades abiertas y plurales, ¿acaso no es pertinente reflexionar sobre una determinada mirada que ha tendido históricamente a sexualizar a las mujeres y las niñas con consecuencias sociales indeseables? Desconocemos las condiciones precisas en las que Balthus y otros artistas pintaban a sus jóvenes modelos, pero quizá merezca la pena preguntarse por ellas e inquirir sobre la tradicional relación entre artista y modelo. No se trata de juzgar el pasado con la mirada del presente, pero sí de comenzar a contextualizar críticamente estas obras (como sucede con otros fenómenos sociales del pasado como el trabajo infantil que hoy condenamos con rotundidad). Ello no implica necesariamente descolgarlas de los museos. Tampoco dejar de reconocer su calidad artística y el talento de sus autores.

International Women's Day 2017 - 03Día Internacional de la Mujer, Londres, 2017. Autor: Garry Knight. (Wikimedia Commons)

Las reacciones a estas y otras acciones similares por su carácter excesivo son síntoma de que la revolución de las mujeres está logrando aquello que toda revolución pretende: provocar y movilizar a la sociedad para superar un paradigma y establecer un nuevo consenso social. Estamos llamados a reflexionar sobre qué significa ser mujer y ser hombre en tanto sujetos sexuados y objeto de nuestras respectivas miradas. Es parte de una tarea más ambiciosa que tiene como fin renegociar y redefinir las identidades masculina y femenina sobre premisas más iguales y justas. No sabemos exactamente cuál será el resultado, esto es, cómo serán las mujeres y los hombres del futuro, cómo se relacionarán y en qué devendrán, por ejemplo, las estructuras familiares. Esta incertidumbre genera miedo y, por ende, rechazo en aquellos sectores de la sociedad que tienden a preferir el statu quo y que, en este caso, temen que una disolución de las identidades de género lleve al caos. No todo el mundo compra con entusiasmo el futuro de ‘una zona libre de género’ que imprime la firma italiana Benetton en sus camisetas.

La reacción es todavía más dura y visceral entre los representantes de aquellos poderes como el religioso y una parte del económico y político que son los que más ganan con el silenciamiento del abuso de la autoridad masculina y la perpetuación de las estructuras patriarcales. En otro sentido, los excesos de esta revolución también generan suspicacia entre numerosas mujeres que no se consideran víctimas del paradigma actual y consideran, por ejemplo, que la coquetería es una ventaja que tienen las mujeres sobre los hombres. O entre aquellas que, como las cien firmantes de la tribuna que publicó Le Monde a principios de año, piden hilar fino y no confundir una ‘simple galantería’ con un acto de acoso sexual.

Mas, de eso se trata, precisamente: de abrir y multiplicar los debates y las conversaciones sobre qué es aceptable y qué no en una relación de igualdad entre hombres y mujeres. Ello exige que todos compartamos nuestras reflexiones al respecto, incluso las más espinosas, de manera honesta y respetuosa. Para que esa renegociación del contrato sexual a la que muchos aspiramos sea posible, las mujeres deberán abandonar gradualmente la ofensiva. Los hombres deberán abstenerse de actitudes defensivas y entonar un mea culpa colectivo, reconociendo que la mayoría, en menor o mayor grado, alguna vez abusó de su poder como varón. Hasta ese momento, habrá mucho ruido; muchas voces a favor y en contra de unos y otros actos, declaraciones y manifiestos. Es parte de todo proceso revolucionario.

Olivia Muñoz-Rojas

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