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*O.M-R. – Los clásicos del cine distópico, como Blade Runner de Ridley Scott, imaginan un futuro contaminado, oscurecido, de lluvia perenne, tácito resultado de la sobreexplotación de la naturaleza. The Last of Us, un exitoso videojuego, cuya segunda parte se estrenó recientemente, recoge una visión distinta del futuro, cada vez más compartida, de un planeta reverdecido, donde la naturaleza retoma su lugar tras la práctica desaparición de la especie humana. Nuestro imaginario distópico adquiere tintes apocalípticos. Se instala poco a poco la idea de que el planeta sobrevivirá, con o sin nosotros, e, implícitamente, que lo mejor para todas las demás especies sería que nosotros desapareciésemos. Este imaginario emergente cambia sutilmente la premisa de nuestras acciones en defensa del ecosistema: ya no se trata de salvar el planeta desde la compasión por un mundo natural que se degrada, sino desde el entendimiento de que es la única manera de salvarnos nosotros como especie. Si bien la perspectiva no debería sorprendernos –basta considerar la evolución de la Tierra, más allá de la historia de la Humanidad, para asumir que la desaparición y aparición de especies forma parte de su evolución– resulta significativo que esta visión empiece a calar en la cultura popular, especialmente, entre los jóvenes. Invita, asimismo, a una reflexión más amplia sobre el modo en que se comunican los retos que tenemos por delante para reparar los daños infligidos a nuestro hábitat natural.

Varios estudios confirman la existencia de una creciente conciencia global sobre la necesidad de actuar para reequilibrar nuestra relación con el conjunto del ecosistema, pero también indican que nos sentimos cada vez más impotentes ante los retos y que, en consecuencia, las acciones en este sentido se estancan. Surgen preguntas concretas. ¿Es posible comunicar hechos y predicciones científicas sin sumir a las sociedades en la desesperanza, la parálisis o la negación de aquellos? ¿Cómo convertir la conciencia en acción o, en palabras de la socióloga Kari Noorgard, cómo superar la brecha entre información abstracta y vida cotidiana? ¿Cómo concebir la fe en el futuro en un mundo vulnerable, hoy todavía más fragilizado por la pandemia y las respuestas a ella?

Vista del Laurisilva (bosque de laureles), Madeira, Portugal. Autor: Jnvalves (Wikimedia Commons)

Existe cada vez más consenso sobre la importancia de las emociones en la interiorización de los mensajes sobre el deterioro de nuestra biósfera. No basta con entender racionalmente las implicaciones del aumento en la temperatura media del planeta o la desaparición de millones de hectáreas de la Amazonia. Necesitamos sentir y visualizar el alcance de estas alteraciones en el ecosistema, afirman numerosos expertos. Esa necesidad de implicación emocional explica que nos resulte más fácil reaccionar y movilizarnos a nivel local respecto de problemas medioambientales que nos afectan directamente y a favor de iniciativas ecológicas que mejoran nuestra calidad de vida. En un interesante estudio realizado por Kristin Haltinner y Dilshani Sarathchandra con individuos que se autodefinen como escépticos del cambio climático inducido por la actividad humana, las sociólogas concluyen que este colectivo no es en modo alguno insensible a problemas medioambientales como la contaminación, la deforestación o la obsolescencia programada y que, por tanto, existe un margen considerable para obtener su apoyo a políticas verdes. La cuestión es cómo se comunican estas políticas. En lugar de presentarlas como parte de una agenda progresista más amplia, como sucede con frecuencia, es posible que sea necesario enfatizar su impacto concreto y local –mejora de la calidad del aire, disminución de residuos, etc.– para lograr una mayor adhesión. Hay que tener en cuenta que, si para buena parte del movimiento climático la interrelación sistémica entre cambio climático y desigualdad económica, social, racial y de género es evidente, incluso demostrable científicamente; para muchos detractores del movimiento se trata de una visión del mundo dogmática, milenarista, que rivaliza con otras convicciones culturales y religiosas, suscitando un rechazo emocional.

La importancia de las emociones en la concienciación sobre el peligro que corre nuestra especie sugiere, por otra parte, que la ficción –novelas, películas, también videojuegos– tiene un papel potencialmente importante en la difusión de los desafíos que enfrenta nuestra biósfera y llamarnos a la acción. “Conectar narrativas científicas con relatos más emocionales podría servir para acercar las ‘dobles realidades’ del cambio climático”, sostiene Eline D. Tabak, refiriéndose al concepto de Norgaard. Hasta ahora, la ficción climática pertenece, esencialmente, al género distópico y apocalíptico. Si bien el efecto de estas narraciones puede ser potente en cuanto a que nos sacude y describe, a menudo con todo lujo de detalles, la precariedad de nuestras vidas en un futuro no muy lejano; es legítimo preguntarse si no contribuye, al mismo tiempo, a esa doble realidad: la magnitud de la catástrofe que se nos anuncia es tal que nuestra mente no es capaz de vincularla con el aquí y el ahora y, por ende, con nuestras acciones.

La investigación psicológica en este campo mantiene que la secuencia de emociones que suscita un determinado relato es clave a la hora de empujarnos a actuar. Parece, efectivamente, que necesitamos sentir miedo ante lo que podemos perder, visualizar la catástrofe, para escuchar e interiorizar, seguidamente, las iniciativas de acción que se nos proponen para evitar o mitigar esa pérdida. La emoción del miedo muta en determinación para anticipar y confrontar la adversidad. Es posible distinguir esta secuencia en Una vida en nuestro planeta, el documental del popular historiador de la naturaleza y divulgador británico David Attenborough, que puede verse, actualmente, en Netflix. En él, el nonagenario Attenborough repasa su vida como testimonio de nuestra destrucción exponencial de la biodiversidad del planeta en el último siglo y nos presenta, década a década, los escenarios futuros a los que estamos abocados si la ruina continúa. Pero, nos dice Attenborough, esta destrucción no es ni inevitable ni irreversible. Podemos detenerla, tomando medidas concretas para las cuales ya disponemos de herramientas: reduciendo el ritmo de crecimiento de la población, eliminando la pobreza y asegurando una escolaridad prolongada, sobre todo, de las niñas; aumentando nuestro ritmo de conversión a las energías renovables; restaurando la biodiversidad, lo que implica, entre otros, reducir la enorme masa de suelo dedicada al cultivo de pienso y permitir su repoblación natural, lo cual pasa por cambiar nuestra dieta y consumir menos carne; y reforestando masivamente con flora autóctona como se hizo, por ejemplo, en Costa Rica hace ya varias décadas. El mensaje de Attenborough es de esperanza y, como espectador, uno quiere quedarse con las fugaces imágenes, diseñadas por ordenador, de espacios futuros en los que la actividad humana se desarrolla en armonía con la naturaleza. No obstante, el historiador vuelve a recordarnos al final, en un sentido más evolucionista que apocalíptico, que, con o sin nosotros, el planeta sobrevivirá.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de El País el 2 de diciembre de 2020.

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