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*O. M-R. – Si me pongo en la piel de alguien de entre quince y veinticinco años que está convencido de que avanzamos inexorablemente hacia el colapso del planeta, puedo entender los actos de ‘vandalismo’ perpetrados por jóvenes activistas climáticos en diversos museos europeos en las últimas semanas. En junio pasado, en un museo de Glasgow, activistas de Just Stop Oil pegaron sus manos al marco de una obra relativamente desconocida para el público internacional, ‘My heart is in the Highlands’, de Horatio McCulloch en protesta por la pasividad de los gobiernos y la sociedad civil frente al reto climático. A partir de ese momento, activistas climáticos en otras ciudades del Reino Unido, Italia, Países Bajos, Alemania, Francia y España, han realizado actos similares, pegándose las manos al cristal de la ‘Primavera’ de Boticelli, vertiendo sopa de tomate sobre ‘Los girasoles’ de Van Gogh, puré de papas sobre una obra de Monet, lanzando un pastel sobre la ‘Mona Lisa’ de Da Vinci o pegándose al marco de las ‘Majas’ de Goya. En ningún caso, las obras en cuestión han sufrido daños, aunque en alguna ocasión sí el marco.

Si de lo que se trata es de conseguir la atención del público y los medios de comunicación, los actos han sido un éxito, desatando una marea de vídeos, artículos y opiniones. Ahora bien, no es claro si han generado una mayor preocupación por el cambio climático o si más bien han abierto, una vez más, el debate sobre las formas y los límites de la protesta. Resuena la pregunta, ¿está justificado atacar cuadros históricos irremplazables para denunciar la pasividad de políticos y ciudadanos frente al reto climático?

Tal y como señala la periodista Kelsey Ables, los actos de vandalismo en los museos no son nuevos. Uno de los precedentes históricos más famosos es quizá el protagonizado por la sufragista canadiense Mary Richardson quien, armada de un cuchillo de carne, logró rasgar varias veces el lienzo ‘La Venus del espejo’ de Velázquez en la National Gallery de Londres en 1914. Richardson protestaba por la detención de su compañera Emmeline Pankhurst, pero, al emprenderla contra el cuadro de Velázquez, buscaba también poner en evidencia la mirada histórica de los varones sobre la mujer, obsesiva y cosificadora. Fueron tantas las sufragistas que siguieron su ejemplo que, de acuerdo a Ables, algunos museos británicos prohibieron por un tiempo el acceso a las mujeres.

El cuadro de Gustav Klimt ‘Vida y muerte’ (1908-15) tras ser rociado con spray negro el pasado 15 de noviembre en una acción de Última Generación Austria en el Museo Leopold de Viena. (Wikimedia Commons)

Para los movimientos de lucha social y actualmente climática, el museo constituye un objetivo simbólico significativo en cuanto institución de conservación, tradicionalmente burguesa y elitista y, en ocasiones, de fuerte impronta colonial. En algunos de los breves discursos pronunciados por los activistas que protagonizaron las recientes protestas, se enfatiza lo fútil de dedicar tantos recursos a preservar obras de arte cuando peligra el planeta y nuestra propia especie. “¿Qué vale más para todos, el arte o la vida?”, proclamaba Letzte Generation (Última Generación) en un tweet posterior a la acción de sus activistas sobre el cuadro de Monet. La elección de algunas de las pinturas, más allá de tratarse de obras universalmente reconocidas y protegidas por cristal, seguiría también cierta lógica: se trata, en varios casos, de paisajes bucólicos pintados en el siglo XIX, cuando comienza la industrialización de las sociedades y se acelera el deterioro del entorno natural que representan esos paisajes.

Sin embargo, no todo el mundo les encuentra lógica a estos actos de protesta y algunos observadores señalan sus efectos perniciosos. Entre ellos, el reforzamiento de las medidas de seguridad de los museos que, junto con la bunkerización de sus obras más valiosas, dificultan todavía más al público una experiencia cercana del arte. También estaría el aumento en las primas de seguro que deben pagar los museos por sus colecciones, cuando no todos cuentan con presupuestos holgados y algunos, más bien lo contrario.

Pero incluso desde la perspectiva del propio movimiento climático, argumenta el periodista Robinson Meyer, el presunto ‘efecto de flanco radical’ que anima a grupos como Just Stop Oil, según el cual la acción de las facciones más radicales del movimiento debería atraer al público hacia los segmentos más moderados, no estaría funcionando en este caso por la desconexión entre el objeto del ataque y las razones que motivan la protesta. En otras palabras, a diferencia de cuando los activistas de Greenpeace se encaraman a un buque petrolero para protestar contra la industria fósil, la mayor parte del público sólo ve una provocación absurda e innecesaria en la agresión a los lienzos. Muchos se preguntarán, ¿qué ‘culpa’ tienen del cambio climático estas obras maestras de la pintura?

Si me pongo en mi piel de amante del arte y los museos, confieso que me cuesta un poco más aceptar estas acciones. No puedo evitar preguntarme si no hay maneras igualmente provocadoras, pero menos potencialmente destructivas, de utilizar el arte para emitir esa señal de alarma desesperada. Pero quizá no. Quizá las ‘últimas generaciones’ necesiten amagar con destruir nuestro pasado más preciado para que las generaciones que les precedemos nos tomemos en serio el presente y su futuro.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Clarín el 16 de noviembre de 2022 con el título ‘Un dilema tramposo: ¿Qué vale más el arte o la vida?’.

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