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*O. M-R. Durante la primera ola de calor en Francia el pasado junio, observé con cierta desolación cómo numerosos parterres y jardincillos públicos de la región parisiense, normalmente verdes y llenos de flores, quedaron parcialmente abrasados por el sol. No todos disponen de riego automático y los servicios municipales no estaban preparados para compensarlo manualmente. A su vez, los ramos de flores frescas, que las floristerías suelen exponer en la calle, languidecían y terminaron por retirarlos.

En este verano que puede pasar a la historia europea como el del gran despertar a la realidad del cambio climático, la imagen de estos parterres llenos de polvo y hojas secas, y de floristerías sin flores, ilustra el reto técnico y administrativo que supone la adaptación al calor extremo para el norte del continente. Ni la arquitectura ni el urbanismo en estas latitudes soporta temperaturas de esta magnitud, ni las administraciones ni la sociedad civil tenían hasta ahora experiencia para responder, ya no solo a picos de calor, sino al calor extremo sostenido.

Puede que la experiencia europea esté haciendo más visible el problema de la adaptación al cambio climático —bajo la premisa de que, hasta que un fenómeno no afecta al mundo desarrollado no existe realmente—, pero el reto es global. La solución no reside en la universalización del aire acondicionado, dado su elevado coste energético y su impacto en la salud; aunque este puede formar parte de una transición gradual hacia modos de refrigeración más sostenibles. Desde la Coalición Cool, lanzada en 2019 por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, hasta el último Congreso Mundial de Arquitectos, celebrado en Barcelona a finales de junio, el objetivo es otro: revertir la tendencia de la arquitectura del último siglo y “devolver al diseño del edificio muchas de las cualidades que hoy obtenemos mediante soluciones mecánicas”. Como señala el arquitecto danés Bjarke Ingels, antes de que se extendiera el uso de la electricidad, la ventilación mecánica y el aire acondicionado, “las sociedades desarrollaron formas de construir con los materiales y las técnicas disponibles en cada lugar para crear las mejores condiciones posibles para la vida humana”.

La orientación de los edificios, la ventilación, la protección solar mediante persianas o celosías, los patios interiores o los materiales con inercia térmica son algunos elementos con los que arquitectos y constructores han experimentado a lo largo de los siglos. Esto explica, por ejemplo, que en los climas húmedos y calurosos los edificios tradicionales sean ligeros y abiertos, con ventilación natural constante y vegetación que crea sombra; y que, por el contrario, en los climas secos y calurosos, las construcciones sean tradicionalmente masivas para bloquear el calor de día y enfriarse de noche.

Hace décadas que urbanistas y arquitectos combinan las tradiciones locales de zonas como el norte de África o la península arábiga, expuestas históricamente al calor extremo, con avances en la modelización y la simulación del rendimiento ambiental de los edificios y los materiales. Hay ejemplos especialmente valiosos de sinergia entre saberes tradicionales y diseño contemporáneo, como el Liceo Schorge, del arquitecto burkinés-alemán Diébédo Francis Kéré en Burkina Fasso, con sus torres de ventilación natural y su techado superpuesto; o el proyecto de un grupo de profesores de Arquitectura de la Universidad de Loughborough (Reino Unido), basado en paneles de vidrio rellenos de agua que absorben el calor y, según la temperatura exterior, lo desvían o almacenan.

Parterres en las inmediaciones del Grand Palais de París, el 18 de julio de 2026. (Foto de la autora.)

Sin embargo, no basta con mejorar la calidad de los edificios; igual de importante es adaptar el entorno urbano, y en esta labor las administraciones desempeñan un papel clave. La sombra y la frescura cambian dónde caminamos y dónde nos encontramos con otros, de ahí la importancia de la vegetación, pero también del agua y los revestimientos. Las zonas verdes no solo crean sombra: combinadas con vegetación por estratos, según estudios recientes, pueden reducir la temperatura ambiental en varios grados en climas poco húmedos (en los muy húmedos el efecto es más limitado). En los climas secos, la infraestructura azul de fuentes, jardines de lluvia, láminas de agua y nebulizadores contribuye, asimismo, a la sensación de frescor. Para potenciar su efecto, los espacios verdes y azules deberían integrarse en una red continua de sombra y frescor a lo largo de la ciudad.

En la actualidad, sin embargo, las aceras de bitumen oscuro, más económicas y rápidas de restaurar que el adoquinado tradicional, contribuyen a generar islas de calor en ciudades como París. Si bien en los últimos años las administraciones ensayan con bitúmenes más claros o reflectantes, lo que realmente puede ayudar a enfriar las ciudades es volver a materiales minerales tradicionales como la piedra y a superficies vivas de tierra y vegetación.

Es importante señalar que no existen soluciones universales en la gestión del calor. Hay recomendaciones básicas, pero conviene hilar fino: lo que funciona en un lugar, incluso una calle, puede hacerlo menos en la de al lado. Las administraciones prefieren las soluciones universales, pero, a largo plazo, puede ser más rentable abordar cada espacio de forma individualizada, tomando en cuenta la información que los propios vecinos pueden dar sobre su entorno inmediato. Adecuar nuestras ciudades al nuevo verano llevará décadas y demandará un gran esfuerzo colectivo —tiempo, recursos y dedicación— no solo de los entes públicos. Todos podemos poner nuestro granito de arena con gestos simples, por ejemplo, vegetalizando nuestras terrazas y balcones con plantas resistentes.

La adaptación tampoco termina con el diseño físico de la ciudad. Es necesario entender cómo un clima distinto transforma nuestra manera de habitarlas. En el norte de Europa, esto implica replantearse una idea del verano muy arraigada, donde el buen tiempo ha sido sinónimo de largas jornadas de vida al aire libre. Durante siglos, el verano en estas latitudes estaba organizado para aprovechar la luz en lo que era una manera de compensar por las extensas horas de oscuridad vividas durante el invierno. La noción de que, cuanto más tarde anochece, más tiempo se puede estar fuera socializando de manera ininterrumpida, empieza a resquebrajarse. Estamos posiblemente ante el inicio de una transición cultural de un verano de largas jornadas al aire libre a uno en el que el calor exige resguardarse y reservar la vida social en exteriores para temprano por la mañana o por la noche. Al mismo tiempo, aunque su presencia es todavía desigual, los refugios climáticos —bibliotecas, museos, piscinas municipales— podrían dar lugar a nuevas oportunidades de socialización en espacios comunes interiores. Como muchas floristerías parisienses que han terminado por vender ramos de flores secas, poco a poco, la sociedad europea encontrará maneras de convivir con el calor. El proceso exige, nuevamente, recursos, capacidad inventiva y planeación a distintos plazos. Empieza por no olvidar la experiencia de este y otros veranos de calor extremo en cuanto bajen las temperaturas o cambiemos de estación.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección Ideas de El País, en línea el 31 de julio de 2026 y en la edición impresa el 2 de agosto.

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