* O. M-R. – [Si bien la referencia al Mundial suena ya lejana, el núcleo del análisis del texto que sigue continúa vigente. También la película en dos partes de Baudry: 5 millones de espectadores la han visto en Francia y, según algunas fuentes, ha calado especialmente entre los jóvenes quienes «se identifican con las dudas y reveses de De Gaulle antes de encarnar la resistencia francesa». ¿Acaso podemos concluir que hay sed de líderes que conjuguen firmeza frente la adversidad con integridad y humanidad?]
Un palco es un lugar reservado para quienes importan. Mientras observaba la configuración de la tribuna presidencial durante la final del Mundial en Nueva York pensaba en el díptico La Bataille de Gaulle del director Antonin Baudry, estrenado recientemente en Francia. La película relata en dos partes la experiencia de Charles de Gaulle, general de segundo rango quien, sin ejército y sin estructura formal, se instaló en Londres para defender la Francia Libre y asegurar la soberanía francesa durante y después de la Segunda Guerra Mundial.
Aunque De Gaulle no fue invitado a Yalta, logró estar presente en la conferencia de Casablanca y fue finalmente el rostro de la Francia vencedora. Desde aquel 18 de junio de 1940 en que tomó por primera vez el micrófono de la BBC para llamar a los franceses a resistir la ocupación nazi, hasta el 25 de agosto de 1944 en que recorrió a pie un París liberado, De Gaulle fue construyendo una autoridad que compensaba la enorme debilidad material de la Francia Libre. Con sus casi dos metros de altura, siempre en uniforme, siempre erguido, entendió que la legitimidad también se actúa simbólicamente. Su empeño por no ser tratado como un actor secundario por Churchill y Roosevelt encuentra eco en escenas aparentemente distantes como el palco presidencial de un Mundial.
Antes de su celebración, la final de la Copa del Mundo se perfilaba como un acontecimiento de alto voltaje geopolítico. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum sólo contaba inicialmente con la invitación protocolaria de la FIFA, pero una llamada personal de Trump la hizo cambiar de planes y terminó sentándose en la tribuna junto a él y su homólogo canadiense, Mark Carney. Por su parte, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, reorganizó su agenda para poder asistir al evento, aun cuando el Rey representaba ya a España. La ausencia del aliado más natural de Trump en este contexto, el presidente argentino Javier Milei, atribuida a una cábala futbolística, dejó un palco constituido esencialmente por adversarios ideológicos del presidente de Estados Unidos, pero obligados a relacionarse con él.
Más allá de las diferencias ideológicas, surge la pregunta: ¿cómo debe actuar un dirigente de un país menos poderoso frente a una superpotencia una vez que se sienta junto a ella? Las fotografías de estos encuentros invitan a interpretar sonrisas, apretones de manos o gestos de cercanía, aunque sólo sus protagonistas conocen el verdadero tono de estos intercambios. En México, las imágenes del palco de la final dieron pie a diversas interpretaciones. Para algunos, Claudia Sheinbaum se percibía inesperadamente relajada con Donald Trump. Sin embargo, mantener un trato cordial y distendido es una exigencia de la relación diplomática y del protocolo que no compromete necesariamente la firmeza de una posición independiente. El debate no es nuevo. De Gaulle fue acusado de ser demasiado áspero en público con Churchill y Roosevelt en su afán por preservar su autonomía, pero entre bambalinas tuvo que aceptar episodios que consideraba humillantes.

Baudry explora estos altibajos en la relación de De Gaulle con el mandatario británico. Éste apreciaba el coraje del general francés y sentía admiración por la Francia que encarnaba y, en el verano de 1940, compartieron numerosas conversaciones y cenas a dos. Pero cuando sus intereses entraron en conflicto, prevalecieron los del Reino Unido. De Gaulle, no obstante, nunca aceptó que esta desigualdad de fuerzas implicara una desigualdad de dignidad política.
La película narra este aspecto con la fallida operación de Dakar, frente a las costas de la entonces África Occidental Francesa, actual Senegal. De Gaulle estaba decidido a incorporar la colonia a la Francia Libre. Pero no a cualquier precio. Antes de intervenir envió emisarios y mensajes radiofónicos apelando a los oficiales para que cambiaran de bando. Cuando las negociaciones fracasaron y los británicos quisieron continuar el ataque, declaró que prefería retirarse antes que provocar una guerra civil entre franceses. Fue un revés militar, pero una victoria moral que demostró que el autoproclamado líder de la Resistencia no abandonaría sus principios, aun en situaciones difíciles.
Esta coherencia –la certeza de que no sacrificarían aquello que consideraban esencial por una ventaja táctica– terminó convirtiéndose en un activo político para De Gaulle y otros miembros de la Resistencia, como el general Leclerc o Jean Moulin; un activo que, a ojos de la sociedad civil, reemplazaba el escaso capital material del que disponían. Esa integridad no eliminaba la asimetría con el Reino Unido o Estados Unidos, pero sí hacía más difícil ignorar a la Francia Libre en las decisiones clave de la guerra.
La grandeur de la que hablaba De Gaulle puede sonar hoy grandilocuente o incluso anacrónica. Sin embargo, desprovista de su envoltorio nacionalista, contiene una intuición que sigue siendo pertinente para los líderes de potencias emergentes como México o una potencia media como España: estas potencias rara vez compensan su debilidad relativa subordinándose al más fuerte; a veces, en cambio, pueden hacerlo labrándose una reputación de integridad y coherencia. En el siglo XXI, esa coherencia debería medirse, entre otros, por la fidelidad a los derechos humanos y a la legalidad internacional y por la capacidad de sostenerla incluso cuando la presión de la superpotencia invita a lo contrario.
Olivia Muñoz-Rojas
*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Proceso el 28 de julio de 2026.