Home

*O. M-R. Quizá uno de los problemas del debate sobre la inteligencia artificial sea que seguimos pensándola como algo separado de nosotros. Buena parte de la discusión se plantea en términos de competencia o sustitución, esto es, qué tareas podrá hacer mejor que los humanos, qué empleos nos arrebatará o, en su versión más extrema, si llegará algún día a prescindir de nosotros. Sin embargo esta oposición esconde una premisa discutible: que la inteligencia humana fue alguna vez completamente autónoma. Como argumentaban Andy Clark y David J. Chalmers ya en la década de los noventa, la frontera entre mente y artificio siempre fue más tenue de lo que solemos reconocer: escribimos para descargar nuestra memoria, calculamos con instrumentos, pensamos mediante libros, mapas, archivos y otros objetos. La IA generativa lleva esta externalización a una escala extraordinaria, pero puede entenderse también dentro de una larga historia de tecnologías cognitivas.

Esta progresiva disolución de las fronteras de la inteligencia va más allá de las máquinas. Hay autores que cuestionan su propia definición antropocéntrica y nos invitan a reconocer una pluralidad de inteligencias, desde la animal y la vegetal, hasta la que emerge de los ecosistemas. Vista así, puede que la inteligencia no sea tanto una facultad aislada como una capacidad que se desarrolla en relación con otros seres, sistemas y herramientas. Desde esta perspectiva relacional resulta especialmente sugerente el concepto de inteligencia híbrida. En un informe de referencia, Zeynep Akata y sus coautores la definen como “la combinación de inteligencia humana y artificial destinada a aumentar, en lugar de sustituir, las capacidades humanas y alcanzar objetivos que ninguna de las dos podría conseguir por separado”. El reto, por tanto, no consiste en delegar nuestra inteligencia en la máquina, sino en aprender a colaborar con ella. La velocidad para procesar y comparar cantidades ingentes de información puede complementar capacidades humanas como la creatividad, la intuición, la experiencia o el juicio. Pero una colaboración genuina exige conservar precisamente aquello que podría resultar más tentador delegar: la formulación de las preguntas, la valoración crítica de las respuestas y su relevancia, y la responsabilidad por el resultado.

Imagen realizada en colaboración con la IA.

Ver a los robots o sistemas de IA como colaboradores, y no como meras herramientas, debería invitarnos también a pensar cómo nos relacionamos con ellos. En Occidente está especialmente asentada la dicotomía entre humano y artificio, mientras que algunas tradiciones asiáticas, como el sintoísmo japonés o el budismo, han imaginado de otra manera las fronteras entre humanos, naturaleza y objetos, lo que se relaciona con una actitud menos defensiva hacia los robots en países como Japón. La académica suizo-estadounidense Kate Darling propone, a su vez, que observemos nuestra larguísima historia de colaboración con los animales y la tomemos como referencia para relacionarnos con los robots.

Lo interesante es que nuestro comportamiento hacia una entidad no humana puede tener importancia moral por el efecto que tiene en nosotros, incluso aunque esa entidad no posea una conciencia comparable a la humana. A nadie, tampoco en Occidente, le sorprende que un niño cuide y trate bien al muñeco con el que juega, porque entendemos que ese cuidado forma parte del aprendizaje de unos valores que después aplicará en su relación con los demás. La IA generativa carece de la presencia física de un robot, pero el lenguaje es una forma de proximidad: conversamos con ella, le hacemos preguntas, le damos instrucciones y recibimos respuestas como si se tratara de un interlocutor humano. Conviene preguntarnos, entonces, qué hábitos adquirimos también los humanos adultos en esa relación cotidiana con las máquinas. La IA no desarrolla simpatía o resentimiento hacia nosotros, pero nuestra forma de interactuar con ella condiciona el contexto a partir del cual genera sus respuestas. La calidad de la colaboración depende, por tanto, también de nosotros.

Pese a sus diferencias, las posiciones más alarmistas y las más favorables al desarrollo de la IA parecen hallar un punto de encuentro: la responsabilidad última debe seguir siendo humana, tanto en el uso como en el diseño. Unos proponen frenar su avance; otros, continuarlo bajo supervisión y con garantías éticas y de seguridad. A medida que aumenta su autonomía, y que unas inteligencias artificiales pueden intervenir en la programación o funcionamiento de otras, necesitaremos límites, trazabilidad –por qué un sistema tomó una determinada decisión– y mecanismos que permitan corregir sus decisiones.

Pero es posible que la seguridad no consista únicamente en poner barreras a la IA que ya estamos desarrollando, sino también en preguntarnos qué otras inteligencias artificiales queremos crear y para qué. Como sugiere el filósofo chino Yuk Hui, frente a la idea de un desarrollo tecnológico único y universal, cabe imaginar una pluralidad de tecnologías vinculadas a diferentes culturas, valores y formas de vida. Siguiendo esta reflexión, quizá la pluralidad sea también una forma de seguridad. Aplicado a la IA, esto supondría evitar que su evolución responda exclusivamente a la competencia geopolítica o a los objetivos del mercado y explorar una pluralidad de formas de inteligencia híbrida orientadas a resolver problemas concretos de nuestras sociedades, desde la gestión de recursos al cambio climático. Diversificar la inteligencia artificial, en definitiva, también puede ser una manera de protegernos y de protegerla de sí misma.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Proceso el 22 de septiembre de 2026.

La imagen que ilustra este post ha sido creada con la colaboración de la inteligencia artificial.

Leave a Comment