Home

*O. M-R. – «¿Y si todas las cucarachas nos uniéramos» ?, preguntó en redes sociales el estudiante indio Abhijeet Dipke a mediados de mayo. Aludía a las palabras del presidente del Tribunal Supremo, Surya Kant, que había comparado a los jóvenes desempleados de su país con estos insectos, en pleno escándalo por las irregularidades en el examen nacional de acceso a las facultades de Medicina (NEET). Lo que comenzó como un gesto de ironía política dio origen al Cockroach Janta Party (Partido Popular de las Cucarachas), un movimiento nacional que desembocó en protestas masivas contra las irregularidades en los exámenes, la corrupción y la falta de oportunidades. A finales de julio dimitió el ministro de Educación, Dharmendra Pradhan. Desde las primeras protestas en Nueva Delhi, el Partido de las Cucarachas ha ampliado sus reivindicaciones y se ha convertido en un opositor al gobierno de Narendra Modi. Este octubre ha encabezado movilizaciones contra presuntas irregularidades en los censos electorales, que han desembocado en numerosas detenciones, incluida la del propio Abhijeet Dipke el pasado viernes.

A principios de agosto, bajo consignas como «No fue suerte, fue esfuerzo», decenas de estudiantes se concentraron frente a la Rectoría de la UNAM, en Ciudad de México. Protestaban contra la decisión de anular los resultados de los exámenes de admisión de miles de aspirantes y obligarlos a repetir la prueba ante las sospechas de irregularidades y de utilización fraudulenta de la inteligencia artificial. Era la primera vez que la universidad realizaba este proceso de selección íntegramente en línea. Al igual que los aspirantes a las facultades de medicina en la India, los aspirantes a la UNAM reclamaban que se les reconocieran los resultados obtenidos. Aunque las protestas mexicanas no alcanzaron la magnitud ni la repercusión de las movilizaciones indias, expresaban una frustración semejante.

Manifestación del 17 de octubre de 2026 en París. Autor: FreCha (Wikimedia Commons)

Desde finales de septiembre, decenas de miles de liceanos franceses (estudiantes de preparatoria) se han movilizado en la región parisina y otras urbes francesas. «Somos más que datos en un programa informático», podía leerse en alguna de las pancartas. Además de la falta de profesores y de recursos materiales, cuestionan la presión que ejerce Parcoursup, la plataforma que organiza el acceso a la enseñanza superior y que se ha convertido en símbolo de la competición educativa. La dureza de la respuesta policial ha provocado graves lesiones a varios adolescentes, entre ellos un menor que perdió una mano y otro que sufrió fracturas en ambas mandíbulas. Padres y profesores han terminado sumándose a las protestas, que el pasado sábado 17 de octubre confluyeron con las de los chalecos amarillos, movilizados inicialmente hace ocho años contra la subida de los carburantes. La jornada reunió a cientos de miles de manifestantes pacíficos, pero estuvo marcada por violentos enfrentamientos, la quema de vehículos y ataques y saqueos de comercios y edificios públicos en distintas ciudades. El episodio más simbólico fue el incendio del Ayuntamiento de Limoges, un edificio histórico del siglo XIX, parcialmente destruido por las llamas tras el ataque de un grupo de encapuchados. La violencia ha abierto una doble controversia sobre la actuación policial: si hasta ahora se cuestionaba su dureza contra los liceanos, el sábado se puso en entredicho su capacidad para impedir la destrucción y los pillajes.

Pero no solo arde Francia. En Albania los jóvenes llevan casi una semana de protestas frente al Ministerio de Educación y en algunas ciudades italianas grupos de jóvenes encapuchados han causado destrozos y saqueos similares a los de Francia durante el pasado fin de semana. De Nueva Delhi a París, de Ciudad de México a Milán, asistimos a una politización sostenida y creciente de la generación Z en torno a algunos de los grandes desafíos de su tiempo. Como sucede con las protestas por el acceso a la vivienda en España, estamos ante problemas que durante décadas se han presentado como responsabilidades individuales y que ahora vuelven a reconocerse como experiencias compartidas, lo que permite traducirlas en demandas colectivas.

La educación, tradicionalmente asociada a la promesa de movilidad social, se convierte en otro eje de contestación. A las dificultades habituales de un sistema de selección cada vez más competitivo se añade la irrupción de la inteligencia artificial; un elemento que desdibuja la frontera entre el esfuerzo personal y el fraude. Si bien, por el momento, los jóvenes no cuestionan necesariamente la meritocracia, sí cuestionan sus reglas y sus resultados. Se preparan, compiten e incluso reivindican el valor del esfuerzo, pero muchos descubren que la igualdad de oportunidades no está garantizada y que el éxito académico no les asegura un porvenir estable. La inteligencia artificial añade una contradicción más al engranaje que conecta el modelo educativo con el mercado laboral. A los estudiantes se les exige dominar tecnologías que están transformando la vida profesional, mientras se les evalúa con procedimientos que apenas empiezan a adaptarse a la existencia de estas tecnologías. No es solo que no todos los estudiantes llegan a las pruebas con los mismos recursos y el mismo apoyo, sino que los propios sistemas de evaluación están dejando quizá de ser los adecuados para medir las capacidades profesionales que la sociedad demanda.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó en la sección de Opinión de Proceso el 20 de octubre de 2026.

Leave a Comment