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*O. M-R. – “Si te cuento todo esto es porque es importante que la memoria de la familia no se pierda”, le dice su abuela a Marji en una escena de la película animada Persépolis. Fallecida el pasado 4 de junio en París a los 56 años, la ilustradora y cineasta iraní Marjane Satrapi saltó a la fama internacional en 2007 cuando se estrenó esta cinta basada en la serie de cómics homónima (ella prefería el término cómic al de novela gráfica). En la serie la autora narra su azarosa vida de infancia y juventud, atravesada por el compromiso político, el amor y el arte. Nacida en el Teherán de finales de la época del Shah, le tocará vivir la revolución y el derrocamiento de la monarquía que su familia inicialmente apoya. Cuando queda clara la orientación islamista del nuevo régimen y estalla la guerra entre Irán e Irak, sus padres la envían a Viena a estudiar la secundaria. Tras unos años difíciles regresará a Teherán antes de instalarse definitivamente en Francia. Aquí conocerá al amor de su vida, el sueco Mattias Ripa, que la apoyará en todos sus proyectos y cuya muerte el año pasado sus allegados señalan como un golpe del que Satrapi no llegó a recuperarse.

Que Satrapi vivía y sentía intensamente desde niña es algo que se desprende de Persépolis. En este potente testimonio de la crueldad y el absurdo del régimen de los ayatolás, Satrapi utiliza el humor para ilustrar las contradicciones de unos guardianes de la revolución obsesionados con la sumisión y castidad de las mujeres. El humor desaparece cuando la autora trata la guerra y las ejecuciones políticas que vive de primera mano a través de la figura de su tío abuelo. Militante comunista, encarcelado bajo el Shah y de nuevo por los ayatolás tras regresar de su exilio soviético, pide ver a Marjane la víspera de su ejecución. Una experiencia que la marcará para siempre. Pero es su abuela, cuyo esposo también estuvo preso por sus ideas, quien, además de custodia de la memoria familiar, sirve de brújula moral a Marjane. “No hay nada peor que la amargura y la venganza; permanece siempre digna e íntegra”, le dice antes de su partida a Viena. Allí, una Marjane adolescente se juntará con jóvenes antisistema cuyo nihilismo, fruto de una libertad que dan por sentada, le llega a exasperar.

La memoria ocupa un lugar central en la obra de Satrapi. Una preocupación que resuena con fuerza en el trabajo de autoras mexicanas como Cristina Rivera Garza o Sara Uribe. Al igual que Satrapi, han contribuido a un arte de la memoria y la restitución que ha requerido métodos y lenguajes nuevos para narrar experiencias que son únicas y, al mismo tiempo, estructurales.

Frente a violencias que buscan borrar vidas –ya sea mediante la desaparición forzada en México o la represión en Irán–, recordar se convierte no sólo en un gesto artístico, sino en una estrategia de resistencia. Una estrategia que no se circunscribe a restituir a las víctimas mujeres, sino que asume que, en las violencias contemporáneas, todas ellas imbricadas en un sistema patriarcal, hay también víctimas hombres: padres, hermanos, hijos, nietos…

La diosa Mnemósine, custodia del lenguaje y del pasado. (Imagen creada con IA).

Es significativo que el movimiento iraní, cuya causa Satrapi defendió hasta el final, se resuma en tres palabras: “Mujer, Vida, Libertad». Además de denunciar la opresión de las mujeres, el lema reconoce la estrecha relación entre las tres. Allí donde la vida es negada o destruida, la libertad se vuelve imposible. Si las mujeres son las encargadas de traer vida, son también ellas las que, con frecuencia, se responsabilizan de preservarla en la memoria colectiva.

En México, estas Antígonas contemporáneas, de las que escribe Uribe, desafían a las instituciones para encontrar los cuerpos asesinados y desaparecidos de sus seres queridos. Piden que se investigue, que se haga justicia y, en su defecto, que la sociedad no olvide estas vidas que pudieron ser. Como la de Liliana Rivera Garza, a la que su hermana Cristina dedicó la obra El invencible verano de Liliana. Víctima en 1990 de un feminicidio, cuando todavía no existía el término, Liliana hubiera podido encontrarse con Marjane: de edades parecidas, ambas buscaban una vida libre e independiente, poder amar también a un buen compañero… Marjane lo consiguió y pudo contar su historia. La de Liliana tuvo que ser reconstruida por su hermana, a partir de fragmentos y recuerdos, más de dos décadas después. Desde un dolor profundo, la autora rehace minuciosamente el camino que lleva a su hermana de una relación tóxica a morir a manos de su expareja.

Desde la abuela de Marjane hasta las madres, hermanas e hijas que recorren hoy los campos mexicanos en busca de los restos de sus seres amados, se delinea una particular genealogía femenina de la memoria**. Son mujeres quienes, una y otra vez, asumen la tarea de preservar el recuerdo de los ausentes, los derrotados, los desaparecidos, cuando las instituciones callan o simplemente fracasan en el intento. Quizá porque estas mujeres entienden que recordar no significa solamente dar reposo al pasado, sino que de esta memoria surge la posibilidad de una vida digna y libre para quienes siguen aquí.

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Proceso el 30 de junio de 2026.

**El término ‘guardianas de la memoria’ ha sido utilizado por diversos artistas, activistas y colectivos de mujeres para referirse a la labor que vienene desempeñando las mujeres en distintos contextos de violencia, posguerra o trauma para preservar la memoria de las víctimas.

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