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*O. M-R. – En estos días de prolongada canícula en Europa, París se ha convertido en una estructura ardiente de asfalto y concreto con parterres de arbustos abrasados por el calor. En pleno bochorno me llamó la atención la terraza de un restaurante frente al que pasé el otro día: rodeada de grandes maceteros de flores y enredaderas, visiblemente regados, era un envidiable oasis de frescor. Casualidad o no, el restaurante era marroquí. No pude sino ver confirmada una idea que me ronda estos días la cabeza. Durante siglos las potencias coloniales del Norte exportaron al resto del mundo sus conocimientos técnicos, urbanos y administrativos. El calentamiento global introduce una paradoja reveladora: algunos de los conocimientos más útiles para afrontar el futuro climático no vendrán de las innovaciones más recientes, sino de saberes desarrollados históricamente en sociedades del sur global.

Hasta hace poco, la mayor parte de Europa imaginaba el calor extremo como un problema ajeno, propio de otras latitudes. Hoy ya no son sólo ciudades del Mediterráneo como Madrid o Roma las que registran temperaturas excepcionales, también sucede en París, Londres o Berlín. La cuestión ya no es cómo soportar olas de calor puntuales, sino ¿cómo se organiza una sociedad que no está habituada al calor cuando éste deja de ser una anomalía?

En lugares como el norte de África, el Golfo Pérsico, la India, el sureste asiático, o el mismo México, el calor ha sido una condición estructural de la vida cotidiana desde que se tiene registro. Fruto de esa larga experiencia, estas sociedades desarrollaron un conocimiento milenario que incluye, entre otros, soluciones arquitectónicas como los patios interiores, la ventilación cruzada, los muros gruesos y las celosías; o soluciones urbanísticas como las calles estrechas o el cultivo de árboles y vegetación con riego gota a gota y la distribución de agua en fuentes y canales para generar sombra y frescor, sin gastar energía.

Jardín de Fin en Kashan, Irán. Autor: Amir Pashaei (Wikimedia Commons)

Sin embargo, incluso en las regiones cálidas, muchos de estos saberes fueron relegados durante el siglo XX. Se consideraban anticuados y poco rentables frente a una arquitectura de hormigón, metales y vidrio, y a un urbanismo duro, de amplias superficies pavimentadas y escasa vegetación. Ambos, impulsados por la globalización, terminaron extendiéndose tanto en el Norte como en el Sur. Paralelamente, la expansión del aire acondicionado entre la población con mayor poder adquisitivo permitió, en apariencia, desvincular la construcción de las condiciones climáticas locales y edificar con criterios similares en cualquier latitud. Quienes no podían acceder a esa climatización quedaron, en cambio, expuestos al calor en barrios con edificios de baja calidad y mal aislados y espacios públicos sin sombra ni agua o plantas. Hoy, tanto en París como en Ciudad de México o Nueva Delhi, el calor golpea con mayor dureza allí donde se concentran las mayores desigualdades sociales.

Ahora sabemos que aquella aparente emancipación del clima tenía un coste. El aire acondicionado no sólo consume una ingente cantidad de energía, sino que también recalienta las ciudades al expulsar aire caliente al exterior. Por eso, numerosas investigaciones apuntan a la necesidad de recuperar muchos de los principios de la arquitectura bioclimática tradicional, basada, entre otros, en mejorar el aislamiento, la ventilación y la orientación de los edificios. A diferencia de muchas regiones tropicales o desérticas, buena parte del continente europeo –como el Cono Sur o Sudáfrica– lidia todavía con la estacionalidad: veranos cada vez más extremos con días que superan las 15 o 17 horas de luz, incluso las 20 en el norte del continente, conviven con inviernos en los que la calefacción y la exposición al sol siguen siendo esenciales. La adaptación pasa por encontrar soluciones flexibles que ofrezcan confort térmico durante todo el año, como la disposición de los edificios de manera que aprovechen o eviten el sol según la estación.

El calor también obliga a reorganizar el tiempo. Este fin de curso en Francia, las autoridades optaron por cerrar las escuelas durante el tramo central del día y cancelar fiestas y eventos para los que, en ocasiones, los alumnos llevaban meses preparándose. La modernidad industrial europea impuso un ideal de productividad y de uso del espacio público homogéneo, basado en una jornada continua a lo largo de todo el año. Adaptarse al calor implica aceptar que la eficiencia no siempre consiste en hacer más cosas durante más horas, sino en hacerlas cuando el cuerpo puede realizarlas confortablemente, sin poner en riesgo la salud. Las pausas al mediodía, las siestas –que durante mucho tiempo el norte de Europa achacaba a la pereza de países como España o México– y los horarios matutinos o nocturnos cobran ahora un nuevo sentido.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Proceso el 14 de julio de 2026.

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