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*O. M-R. – [Pronto se cumplirá un mes de la visita del Papa León XIV a España. El texto que sigue ha perdido relevancia en términos de actualidad mediática. Confío en que no así el análisis que plantea: el lugar prominente ocupó la migración en el discurso del Pontífice y las implicaciones que ello tiene para el alineamiento ideológico del Vaticano y para el tipo de liderazgo que el Papa aspira a ejercer en el mundo. El énfasis en la protección de las personas migrantes no responde únicamente a una convicción moral. Los migrantes sostienen hoy, en buena medida, el cristianismo en Occidente.]

El espot publicitario que anunciaba la visita del Papa a España este mes de junio contenía ya los ingredientes emocionales de lo que iba a ser. «Alzad la mirada», conminaba el video, ambientado en un vagón de metro: un espacio en el que conviven a diario decenas de personas de distintas procedencias, pegadas unas a otras, pero absortas en las pantallas de sus móviles. Levantar los ojos para ver al otro, ponerse en su piel, reconocer lo que nos une más allá de lo que nos separa. Un alegato sutil contra la polarización y la xenofobia que acabaría atravesando buena parte del discurso y la agenda española del Papa.

En un hecho inédito, dado el carácter aconfesional del Estado español, el pontífice intervino en una sesión plenaria del Congreso y el Senado en la que pidió, entre otras cosas, poner fin a la «descalificación permanente del adversario». La reacción fue elocuente: casi diez minutos de ovación por parte de un hemiciclo profundamente polarizado, compuesto por creyentes y no creyentes. Lo resumió con crudeza Gabriel Rufián: «Estamos tan mal que hay que dar la bienvenida a este tipo de discursos».

El Papa León XIV junto a la Virgen de Candelaria, patrona de Canarias, también conocida como ‘La Morenita’. Detrás, el Cristo de La Laguna. Autor: AmaroPargoTenerife (Wikimedia Commons)

Que el énfasis de León XIV en la dignidad humana, la paz, el bien común y la hospitalidad hacia el extranjero se haya convertido en un discurso moral revolucionario; y que la presencia de un líder religioso en la sede de la soberanía popular haya generado un momento excepcional de calma y serenidad, dice mucho del vacío ético y de liderazgo en el que vivimos. Desde hace tiempo se viene señalando un posible giro religioso en España y Occidente y la visita papal ha contribuido a visibilizar de qué maneras la religión vuelve a ocupar la conversación pública en el siglo XXI.

De manera fortuita, pero sinérgica, la primera escala del Papa coincidió con la presencia del músico puertorriqueño Bad Bunny en Madrid. Los dos estadunidenses, ambos defensores de los migrantes en desafío a las políticas de Donald Trump; su concurrencia en la capital española contribuyó a visibilizar un eje global pro-migrante al que se suma también el Gobierno de España. Sin forzar las cosas, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha buscado subrayar el alineamiento del Papa con su agenda progresista en materia migratoria –mucho menos evidente en cuestiones como el aborto o la eutanasia.

La celebración de Madrid como capital latina que han supuesto los conciertos de Bad Bunny añade una dimensión cultural a este eje, especialmente en su vertiente transatlántica. No ha pasado desapercibida cierta convergencia estética entre ambos macroeventos. En los conciertos y en las misas multitudinarias al aire libre, con sus cantos, luces y pantallas, encontramos formatos que responden –y conducen– a una disposición similar en los asistentes: la búsqueda de una experiencia de comunión con el prójimo y con la música, tan intensa como efímera. Se consolidan así formas de religiosidad y espiritualidad que llevan décadas gestándose fuera de la Iglesia católica –especialmente en ámbitos evangélicos–, que han influido en la cultura de masas y a las que la Iglesia católica se adapta.

El lugar central que ocupa la migración en el mensaje y la agenda del Papa no es casual. Muchas de las comunidades que hoy sostienen el cristianismo en Europa proceden del sur global. Traen consigo formas de solidaridad, valores y prácticas comunitarias que influyen cada vez más en la vida pública. Todo ello en un momento en el que el modelo secular que ha estructurado las sociedades europeas a lo largo de los últimos siglos muestra señales de agotamiento ante los dilemas éticos que plantean la expansión de la inteligencia artificial, los avances neurocientíficos y otros desarrollos biomédicos.

Si, desde un punto de vista instrumental, a la Iglesia le conviene dirigirse a los migrantes, esto también resulta atractivo para ciertos sectores políticos. Sin embargo, como sucede con otras confesiones que han reforzado su presencia en Europa, este nuevo protagonismo de la religión –y la aparente facilidad con la que la izquierda parece dispuesta a transigir parte de su ideario– hace saltar las alarmas de quienes recelan de mezclar lo divino con lo terrenal. ¿Cómo preservar los avances en libertades que supuso la separación entre religión y Estado tras largas y cruentas luchas? ¿Cómo aceptar, por ejemplo, la segregación de género en el seno de la Iglesia católica o defendida por algunas corrientes del islam?

La conversación parece inevitable, pero quizá deba plantearse en unos términos distintos a los del laicismo clásico heredado de la Ilustración europea. La realidad contemporánea, más plural e interconectada, obliga a pensar en formas de convivencia más complejas, que respondan a las necesidades de fe y trascendencia de grandes sectores de la población, sin que las instituciones religiosas vuelvan a imponerse a las civiles. En este sentido, la experiencia latinoamericana resulta particularmente útil: corrientes como la teología de la liberación ensayaron, con sus tensiones y contradicciones, formas de articular la fe y el compromiso político con la justicia social sin diluir la autonomía de lo civil. Quizá la próxima visita del Papa a México ofrezca nuevas claves sobre el lugar político del catolicismo en un mundo postsecular.

Olivia Muñoz-Rojas

*Este artículo se publicó originalmente en la sección de Opinión de Proceso el 12 de junio de 2026.

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